Aguacates rellenos

El sol pegaba de pleno a aquellas horas en la piscina de la urbanización. Matías estaba sentado en su silla de plástico rojo, con los pies apoyados encima de la mesa para alejarlos lo más posible del hormigón, que también sudaba el calor de la hora de comer. De vez en cuando cambiaba de posición para seguir el resguardo de la sombrilla.
Levantó la mirada de las recetas de la revista que estaba hojeando por puro aburrimiento y comprobó que todo seguía en orden en la piscina. El agua estaba muy quieta, y no había nadie bañándose. Sólo se veía a una mujer tomando el duro sol de las 3 de la tarde. Estaba tumbada boca abajo, y aún con la piscina de por medio, a Matías le llegaba apagado y metálico el sonido de sus auriculares. Volvió a adormecerse mirando la receta de los aguacates rellenos de gambas que había dejado a medias.
Un pelotazo en la nuca le quitó la modorra bruscamente. Se revolvió para darse la vuelta, pero tenía el cuerpo adormecido y pegado a la silla por el sudor. Giró la cabeza y vio a Julio, con la raqueta asomando en la bolsa, y todavía con la mano con que le había tirado la pelota entre los hierros de la verja.
— ¡Matías! ¿Sales esta noche?
—Joder Julio, ¿de qué vas? No, me quedo en casa viendo la Teletienda, no te jode… ¿Dónde vais a estar?
—Hemos quedado debajo de tu casa, en el Doñana. ¿A qué hora acabasteis ayer?
—Tarde, anda lárgate, déjame trabajar, luego te veo.
El teléfono de Matías comenzó a sonar. La vibración contra el plástico de la mesa le sonó a chicharra, y lo cogió con un gesto de fastidio. En la pantalla parpadeaban un nombre y una foto. "Nuria Caribú". La foto estaba tomada en un bar, el Caribú, y Nuria salía muy de cerca, sonriendo. Su cara estaba demasiado iluminada y sin matices por el flash y brindaba a la cámara con un vaso de tubo que sujetaba con dos dedos. El resto del bar quedaba a oscuras.
"La plasta esta"- susurró Matías, y dejó que el teléfono sonara sin responder la llamada. Volvió a mirar a la mujer, que no había oído nada. La conocía bien, siempre había estado allí. Adela.
Matías la recordó en el día que llegó a la piscina, hace ya mucho tiempo, cuando él era un muchacho de dieciséis años en su primer día de trabajo. Ya estaban allí Adela y sus tres hijos. Matías se sentó en la silla con los hombros hundidos por el peso de la responsabilidad, y no quitó la vista de los bañistas en toda la mañana, hasta que Carla, la hija mayor, se sentó a comer pipas a su lado mientras se hacía una coleta con su pelo mojado.
—Hola ¿cómo te llamas?
—Matías. ¿Y tú?—- Dijo él sin apartar la mirada del agua.
—Carla. ¿Quieres pipas?
En ese momento, su hermanito pequeño se acercó y les salpicó agua de la ducha y salió corriendo hacia su madre, gritando y riéndose.
— ¡Vete a la mierda, enano!
—Jaaaaaime, ven, deja a tu hermana, anda— le llamó Adela, mientras jugaba al ajedrez pacientemente con su otro hijo, Marcos, que estaba tapado con una toalla y tiritaba ligeramente.
Cuando se empezaba a ir el sol, los cuatro se subían a casa, y Matías todavía podía verles por la ventana de la cocina. Los niños estaban en la mesa haciendo los deberes de verano, y Adela dejaba los fogones para echarles una mano de vez en cuando. Muchos días acababan los cuatro en pelea o tirándose al vaso las migas de pan de la cena. Adela les reprendía, pero no podía evitar una sonrisilla en los labios.
Carla habló mucho con Matías aquel verano. En los días más calurosos de agosto, ella le bajaba de su casa una coca cola con hielos a media tarde, y le miraba mientras se la bebía. Él apenas quitaba la vista de la piscina.
El verano siguiente, el administrador de la comunidad volvió a contratar a Matías, y Carla le regaló un bañador rojo y un salvavidas como los de David Hasselhoff en "los vigilantes de la playa". En septiembre, cuando cerró la piscina y todo el vecindario volvió a su rutina otoñal, los dos se fueron de acampada junto con sus amigos a un festival de rock independiente en la costa.
En ese momento Adela se incorporó, sacando a Matías de sus recuerdos. La estaba alcanzando la sombra de los edificios que rodeaban la piscina. Arrastró la toalla unos metros, y miró hacia el sol para orientarla correctamente. Se recolocó el bikini. Echó vistazo a su teléfono, comprobó que no tenía ninguna llamada perdida y limpió la pantalla con el pulgar para ver la cobertura. Miró hacia el portal de la urbanización para ver si bajaba algún vecino en el ascensor con el que pegar la hebra. Nadie.
El verano siguiente al festival de la costa, Carla ya no estaba. Se había ido a estudiar a Madrid, y Matías no supo nada más de ella. Marcos se fue a los Estados Unidos con una beca tres años después. Jaime se estaba convirtiendo en un muchacho fuerte y atlético, y se pasaba las mañanas enteras nadando en la piscina. Adelante, atrás, adelante, atrás. Cuando salía de la piscina, Adela le secaba y le daba un bocadillo y él se sentaba en el césped a comerlo con ella, resignado y aburrido.
Jaime también se marchó el año siguiente. Adela les contó a Matías y a la chica con la que estuvo aquel verano, que había entrado en un centro deportivo de alto rendimiento, y que su ilusión era fichar por un equipo catalán de waterpolo. A ella también se le notaba un brillo en la mirada al contarlo.
Desde aquel último verano, Adela se pasaba todo el día tumbada en la piscina. A veces bajaba con sudokus que nunca tenía paciencia para terminar o leía o ayudaba a los hijos de los vecinos a inflar sus manguitos y a aprender a nadar.
Ya no hacía tanto calor, así que Matías se dio crema protectora y se tumbó al sol. Se abrió la puerta de una casa y salió una pareja con dos niños equipados todos con tumbonas, toallas, unas palas y una pelota. Se sentaron en otra esquina de la piscina y Adela se levantó, cogió su toalla y se sentó con ellos. Estuvieron charlando toda la tarde, y cuando el sol empezaba a caer, subió a su casa a por unas latas de cerveza y unas bolsas de patatas para seguir un rato más. Al subir a su casa, ya con un pie dentro del portal, Adela se despidió de él:
— ¡Hasta mañana Matías, aprovecha tu verano y tus noches, pásatelo bien!
Cuando estaba recogiendo sus cosas para irse, tuvo tiempo de echar una última mirada a la ventana de la cocina de Adela. Estaba sentada en la mesa, con la luz apagada. Veía las noticias en una televisión diminuta. La luz se proyectaba azulada y cambiante sobre su cara. Su gesto no cambió cuando acabaron las noticias y empezaron los anuncios.
Matías llegó a su casa y encendió su propia televisión, aunque no pensaba atenderla. Empezó a prepararse para bajar al Doñana donde le esperaban Julio y los demás. Se duchó despacio. Al salir, pasó la mano por el espejo empañado para afeitarse. Se miró detenidamente los ojos, donde se le empezaban a formar algunas arrugas, poca cosa. Se pasó la máquina de depilar por los hombros. Intentó pasársela también por la espalda, pero quedaron cercos de pelo fino y oscuro allá donde no le llegaba el brazo.
Se sentó en su sillón cubierto solo con la toalla, mojando los cojines del respaldo. Por la ventana abierta entraba el ruido de la terraza del Doñana, risas exageradas, y la música machacona del correspondiente éxito de Georgie Dann para ese año. Matías cogió el teléfono, y escribió un mensaje.
- Para: Nuria Caribú
- Texto: "¿Te apetece cena para dos? Los aguacates rellenos de gambas los bordo".

Veo la soledad de Adela, pero no la del chulo piscinas, ahí no has logrado transmitirme lo que siente. Lo que está claro es que cada vez escribes mejor (las pocas veces que te decides a hacerlo) y yo me alegro de que lo compartas. Un millón de puliditos más para cada uno y seremos un crack. Ah! un acierto los aguacates en vez de borrajas.
Comment by Ana — April 16, 2009 @ 11:42 am
Me ha gustado….. prefiero las historias abiertas como esta, en las que no suceden cosas llamativas. La anterior me ha parecido graciosa, un puntito pasada de arquetipos, pero prefiero esta. ¿Qué tal esos concursos?
Comment by super-nacho-tu-tutor — April 20, 2009 @ 5:23 pm