April 28, 2009


Agreste y dulzón

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 11:49 am

bosqueEsta vez había que inventarse y escribir un relato en torno a un secreto de familia. Pero como el tema nos parecía un poco ligero, y porque somos unos jachondos, decidimos sin que se enterara la profe que además, tenía que ser erótico.

Como resultado, y por primera vez en todo el curso, todos escribimos. Como pa no… si no escribías es que no tenías ni idea de erotismo, y eso es algo que el resto de la clase no debe sospechar.

Ahí va mi relato. De erótico tiene lo justo, pero estoy razonablemente satisfecho con él, así que… tratadlo con cariño, que además, ha sido mi primera vez :o).

Maldigo el día en que conocí a Armando. Es feo, de piernas flacas y pecho frágil de gorrión. Tiene la nariz ganchuda, y sus labios son finos y pálidos, en un gesto siempre obstinado. Los hombros escurridos, el pelo ralo, y las orejas picudas de lince, de búho… o de hiena. Pero tiene algo que lo hace irresistible. Todos los días me pregunto qué es. 

Recuerdo el día en que le vi por primera vez. Soy azafata de congresos, y en aquel momento estaba trabajando en una feria de productos de farmacia. Me tocaba explicar las bondades de los productos de una gran empresa, repartir tarjetas con contactos comerciales, y regalar bolis, calendarios, cojines con forma de píldora azul y blanca, y otras chucherías con el logo. Era el día grande, así que ya llevaba en el escote y en las medias las miradas mal disimuladas de un buen número de tipejos, de esas que se pegan como babosas. Cuesta un par de duchas quitarlas para volver a sentirse limpia. 

Armando me vio desde lejos, y se vino directamente hacia mi, mirándome a los ojos desde el otro extremo del pabellón. 

—Hola, guapa. 

—Buenos días, señor— Respondí yo, tragándome una respuesta a su "guapa"—¿Desea conocer las líneas de desarrollo de nuevos productos que Lilly Pharmaceuticals está siguiendo a día de hoy? 

—Sí, preciosa. He oído que tenéis algo nuevo para la diabetes de tipo 2, ¿verdad? 

—Así es, señor. Nuestro nuevo medicamento se llama Competact, y está indicado para pacientes con sobrepeso que no tienen un buen control glucémico con metformina sola. Si desea más información, le puedo dar el correo electrónico del comercial del producto— Recité sin salirme una coma del guión.  

Él se inclinó sobre el mostrador para hablarme en voz baja. Yo me acerqué lo justo para no parecer descortés. Noté cómo me olisqueaba antes de hablarme.  

—En realidad, me da igual el Competact. Lo que quiero es que me acompañes al baño, porque me apetece quitarte las medias, subirte la falda, y hacértelo de pie, apoyada contra la pared. 

Intenté decir algo, pero no me salieron las palabras. Noté cómo se me iba el color de la cara, y me apoyé en la mesa para que no me vacilaran las rodillas. 

—Lárgate, cerdo— dije en voz baja, sin mover apenas los labios, sujetando la mano entre la pierna y el mostrador para no lanzarle una bofetada. 

—Muy bien, encanto. Mañana te lo volveré a pedir. A ver qué me dices entonces— Dijo él, con una odiosa sonrisilla de suficiencia en la cara. 

 Y sencillamente, se dio la vuelta y se fue. 

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me quedé tumbada en la cama, con los ojos abiertos mirando al techo, dudando si levantarme o hacerme la enferma por si se volvía a presentar aquel tipo repugnante. Pero el recuerdo de mi voraz hipoteca pudo más, y finalmente fui al congreso, aunque me puse una camiseta blanca debajo del traje de chaqueta para ir confortablemente tapada. 

Después de unas tres horas atendiendo a gente, le volví a ver. Esta vez fue muy distinto. De lejos, era el mismo tipo desgarbado y desagradable del día anterior. Pero cuando se fue acercando, con el mismo paso decidido de la otra vez, empecé a notar cosas distintas. Su piel brillaba, y tenía un aspecto suave y cálido. Me froté las manos, ansiosa por probar esa suavidad. Sus piernas parecían más fuertes, su torso y sus hombros, más anchos y proporcionados. Puso la mano en el mostrador, y solo dijo: 

—Hola. Seguro que te acuerdas de mi. ¿Hoy sí vienes conmigo al baño? 

Su voz me rodeó y se quedó flotando a mi alrededor. Sentí que sus palabras acariciaban el vello erizado de mis piernas. Esta vez sí me flojearon las rodillas. 

Pero lo más impactante fue su olor. Salvaje y dulzón, a bosque húmedo y oscuro, a tierra mojada. A animal enjaulado que ruge tras los barrotes. Penetró en mis pulmones y caló bajo mi piel, saturó mi sangre y me empañó la vista. 

Un calor insoportable ardía en el centro mismo de mi cuerpo y se extendía por mis muslos, por mi vientre y por mi pecho. Necesitaba sentir la carne de ese hombre apretándose contra la mía. Sin pensar lo que estaba haciendo, salí del mostrador y me acerqué al baño de hombres sin mirar hacia atrás, con las piernas temblorosas. 

Estaba vacío. Cuando él entró, corrió el cerrojo y se acercó. No le dejé hablar. Me senté en la repisa de mármol de los lavabos, encima de las toallas de manos. Me bajé las medias y las bragas, y me subí la falda a tirones. Él ya se había desabrochado la cremallera, y me agarraba y recorría mi espalda con las manos, que de pronto parecían firmes y seguras. Yo le atraje y abracé su cintura con las piernas. Cuando estuvo dentro de mi se empezó a tranquilizar mi ardor, el estremecimiento de todo mi cuerpo se fue calmando poco a poco, y en retazos de lucidez fui siendo consciente de qué había hecho. Cuando se agitó con los últimos estertores de su orgasmo, yo me sentía extraña en mi propio cuerpo. 

No solo había sentido un deseo más profundo y animal que nunca; Además, lo había satisfecho con un desconocido, jugándome el trabajo y la integridad. Le había dado mi dirección y número de teléfono sin pensármelo en cuanto me los pidió, porque dijo que íbamos a repetir. Así, sin más, con la misma seguridad con que me había hablado la primera vez. 

Me juré a mi misma nunca más ver a ese hombre. Me sentía confundida y humillada por cómo había perdido el control de mi propio cuerpo. Así que cuando pasados unos días me llamó, no se lo cogí. Insistió un par de veces a distintas horas, pero nunca respondí al teléfono. 

Al cabo de algunas semanas, yo consideraba ya zanjado el asunto. Estaba en casa, tumbada en mi sofá, en pijama, viendo cualquier cosa en la tele, cuando de pronto llegó a mi muy lejano y liviano el olor a animal salvaje que había notado en el Congreso cuando se acercó Armando. Empecé a sentir el mismo calor en la piel y en las bragas. Fui a gatas despacio, rastreando el olor, y llegué a la puerta de la casa. Me incorporé y luché contra el deseo de abrir la puerta, porque ya sabía lo que me encontraría al otro lado. Pero la atracción era demasiado fuerte, y me vi abriendo la puerta con tanta ansia, que olvidé quitar la cadena, que hizo tope con un golpe seco. 

Por la rendija pude ver a Armando. Tenía el mismo aspecto desastrado y poco deseable del congreso, con una camisa marrón claro raída, los faldones colgando flojos en los costados, los cuellos gastados y los colores desvaídos. Su olor me rodeó. Cerré la puerta, descorrí la cadena, y volví a abrirla. Le dejé pasar, y me rendí de nuevo a él con el mismo abandono y la misma furia que en la otra ocasión. 

Todavía no he conseguido saber qué me pasa. Cuando estoy a su lado, pierdo completamente la voluntad. No puedo negarme a nada. Cuando se va, recupero la razón, y deseo que no venga nunca más. Además he descubierto que me atraen de la misma forma inconsciente su abuelo, su padre y sus hermanos. Un día les conocí en el laboratorio químico en el que trabajan todos y tuve que salir corriendo a la calle para no humillarme y suplicarles que me follaran por turnos entre probetas y tubos de ensayo. Sus parejas son chicas jóvenes que, como yo, podrían tener al hombre que quisieran. Cuando estamos solas, no nos explicamos qué hacemos con esos engendros anodinos. Cuando están delante, el deseo es demasiado fuerte y ni nos lo planteamos. 

Pero esto va a cambiar, por fin. Llevo dos semanas viéndole sin desearle lo más mínimo. Ahora solo me da asco. Tengo ya hecha la maleta y voy a huir lejos, muy lejos, donde él no pueda encontrarme. Me largo en cuanto me encuentre algo mejor de este maldito catarro que no se me va.

April 15, 2009


Aguacates rellenos

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 12:40 pm

El sol pegaba de pleno a aquellas horas en la piscina de la urbanización. Matías estaba sentado en su silla de plástico rojo, con los pies apoyados encima de la mesa para alejarlos lo más posible del hormigón, que también sudaba el calor de la hora de comer. De vez en cuando cambiaba de posición para seguir el resguardo de la sombrilla.

Levantó la mirada de las recetas de la revista que estaba hojeando por puro aburrimiento y comprobó que todo seguía en orden en la piscina. El agua estaba muy quieta, y no había nadie bañándose. Sólo se veía a una mujer tomando el duro sol de las 3 de la tarde. Estaba tumbada boca abajo, y aún con la piscina de por medio, a Matías le llegaba apagado y metálico el sonido de sus auriculares. Volvió a adormecerse mirando la receta de los aguacates rellenos de gambas que había dejado a medias.

Un pelotazo en la nuca le quitó la modorra bruscamente. Se revolvió para darse la vuelta, pero tenía el cuerpo adormecido y pegado a la silla por el sudor. Giró la cabeza y vio a Julio, con la raqueta asomando en la bolsa, y todavía con la mano con que le había tirado la pelota entre los hierros de la verja.

— ¡Matías! ¿Sales esta noche?

—Joder Julio, ¿de qué vas? No, me quedo en casa viendo la Teletienda, no te jode… ¿Dónde vais a estar?

—Hemos quedado debajo de tu casa, en el Doñana. ¿A qué hora acabasteis ayer?

—Tarde, anda lárgate, déjame trabajar, luego te veo.

El teléfono de Matías comenzó a sonar. La vibración contra el plástico de la mesa le sonó a chicharra, y lo cogió con un gesto de fastidio. En la pantalla parpadeaban un nombre y una foto. "Nuria Caribú". La foto estaba tomada en un bar, el Caribú, y Nuria salía muy de cerca, sonriendo. Su cara estaba demasiado iluminada y sin matices por el flash y brindaba a la cámara con un vaso de tubo que sujetaba con dos dedos. El resto del bar quedaba a oscuras.

"La plasta esta"- susurró Matías, y dejó que el teléfono sonara sin responder la llamada. Volvió a mirar a la mujer, que no había oído nada. La conocía bien, siempre había estado allí. Adela.

Matías la recordó en el día que llegó a la piscina, hace ya mucho tiempo, cuando él era un muchacho de dieciséis años en su primer día de trabajo. Ya estaban allí Adela y sus tres hijos. Matías se sentó en la silla con los hombros hundidos por el peso de la responsabilidad, y no quitó la vista de los bañistas en toda la mañana, hasta que Carla, la hija mayor, se sentó a comer pipas a su lado mientras se hacía una coleta con su pelo mojado.

—Hola ¿cómo te llamas?

—Matías. ¿Y tú?—- Dijo él sin apartar la mirada del agua.

—Carla. ¿Quieres pipas?

En ese momento, su hermanito pequeño se acercó y les salpicó agua de la ducha y salió corriendo hacia su madre, gritando y riéndose.

— ¡Vete a la mierda, enano!

—Jaaaaaime, ven, deja a tu hermana, anda— le llamó Adela, mientras jugaba al ajedrez pacientemente con su otro hijo, Marcos, que estaba tapado con una toalla y tiritaba ligeramente.

Cuando se empezaba a ir el sol, los cuatro se subían a casa, y Matías todavía podía verles por la ventana de la cocina. Los niños estaban en la mesa haciendo los deberes de verano, y Adela dejaba los fogones para echarles una mano de vez en cuando. Muchos días acababan los cuatro en pelea o tirándose al vaso las migas de pan de la cena. Adela les reprendía, pero no podía evitar una sonrisilla en los labios.

Carla habló mucho con Matías aquel verano. En los días más calurosos de agosto, ella le bajaba de su casa una coca cola con hielos a media tarde, y le miraba mientras se la bebía. Él apenas quitaba la vista de la piscina.

El verano siguiente, el administrador de la comunidad volvió a contratar a Matías, y Carla le regaló un bañador rojo y un salvavidas como los de David Hasselhoff en "los vigilantes de la playa". En septiembre, cuando cerró la piscina y todo el vecindario volvió a su rutina otoñal, los dos se fueron de acampada junto con sus amigos a un festival de rock independiente en la costa.

En ese momento Adela se incorporó, sacando a Matías de sus recuerdos. La estaba alcanzando la sombra de los edificios que rodeaban la piscina. Arrastró la toalla unos metros, y miró hacia el sol para orientarla correctamente. Se recolocó el bikini. Echó vistazo a su teléfono, comprobó que no tenía ninguna llamada perdida y limpió la pantalla con el pulgar para ver la cobertura. Miró hacia el portal de la urbanización para ver si bajaba algún vecino en el ascensor con el que pegar la hebra. Nadie.

El verano siguiente al festival de la costa, Carla ya no estaba. Se había ido a estudiar a Madrid, y Matías no supo nada más de ella. Marcos se fue a los Estados Unidos con una beca tres años después. Jaime se estaba convirtiendo en un muchacho fuerte y atlético, y se pasaba las mañanas enteras nadando en la piscina. Adelante, atrás, adelante, atrás. Cuando salía de la piscina, Adela le secaba y le daba un bocadillo y él se sentaba en el césped a comerlo con ella, resignado y aburrido.

Jaime también se marchó el año siguiente. Adela les contó a Matías y a la chica con la que estuvo aquel verano, que había entrado en un centro deportivo de alto rendimiento, y que su ilusión era fichar por un equipo catalán de waterpolo. A ella también se le notaba un brillo en la mirada al contarlo.

Desde aquel último verano, Adela se pasaba todo el día tumbada en la piscina. A veces bajaba con sudokus que nunca tenía paciencia para terminar o leía o ayudaba a los hijos de los vecinos a inflar sus manguitos y a aprender a nadar.

Ya no hacía tanto calor, así que Matías se dio crema protectora y se tumbó al sol. Se abrió la puerta de una casa y salió una pareja con dos niños equipados todos con tumbonas, toallas, unas palas y una pelota. Se sentaron en otra esquina de la piscina y Adela se levantó, cogió su toalla y se sentó con ellos. Estuvieron charlando toda la tarde, y cuando el sol empezaba a caer, subió a su casa a por unas latas de cerveza y unas bolsas de patatas para seguir un rato más. Al subir a su casa, ya con un pie dentro del portal, Adela se despidió de él:

— ¡Hasta mañana Matías, aprovecha tu verano y tus noches, pásatelo bien!

Cuando estaba recogiendo sus cosas para irse, tuvo tiempo de echar una última mirada a la ventana de la cocina de Adela. Estaba sentada en la mesa, con la luz apagada. Veía las noticias en una televisión diminuta. La luz se proyectaba azulada y cambiante sobre su cara. Su gesto no cambió cuando acabaron las noticias y empezaron los anuncios.

Matías llegó a su casa y encendió su propia televisión, aunque no pensaba atenderla. Empezó a prepararse para bajar al Doñana donde le esperaban Julio y los demás. Se duchó despacio. Al salir, pasó la mano por el espejo empañado para afeitarse. Se miró detenidamente los ojos, donde se le empezaban a formar algunas arrugas, poca cosa. Se pasó la máquina de depilar por los hombros. Intentó pasársela también por la espalda, pero quedaron cercos de pelo fino y oscuro allá donde no le llegaba el brazo.

Se sentó en su sillón cubierto solo con la toalla, mojando los cojines del respaldo. Por la ventana abierta entraba el ruido de la terraza del Doñana, risas exageradas, y la música machacona del correspondiente éxito de Georgie Dann para ese año. Matías cogió el teléfono, y escribió un mensaje.

- Para: Nuria Caribú

- Texto: "¿Te apetece cena para dos? Los aguacates rellenos de gambas los bordo".

April 1, 2009


De casta no le viene a Roble

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 4:09 pm

Esta semana nos han tratado de enseñar "lenguaje teatral". El ejercicio trataba de escribir una escena entre un adolescente que quiere algo y sus padres. No creo que mi sainetillo valga un duro, pero… Me he divertido bastante escribiéndolo :o)

Para Amaya, que hoy me ha dicho que su abuela fue hippie.. ¡Uf, qué duro debió ser!

Se abre el telón. El decorado es una sala de estar con posters de Pink Floyd, pufs en vez de sillones, y una jarapa multicolor con el símbolo de la paz en el suelo. En la mesita en la que debería estar la televisión hay una lámpara de lava color malva funcionando. La luz es muy tenue. Las persianas están bajadas, pero entra algo de luz del final de la tarde por los resquicios. En un tocadiscos suena "Me and Bobby Mc Gee", de Janis Joplin, ligeramente distorsionada por el vinilo.

Dos personas de unos cuarenta y cinco años están recostadas en uno de los pufs. Él tiene el pelo entrecano recogido en una coleta y viste un pantalón de tela descolorido, camiseta rosa clara y chaleco de pana gris. Ella, un vestido largo y suelto que pasa del morado al violeta y al lila. Dan largas caladas a un cigarro liado que sujetan con unas pinzas de depilar, dejan que el humo salga denso y despacio de sus bocas, y ríen de forma algo bobalicona.

Se abre la puerta de la casa. Entra un adolescente alto, engominado con raya a un lado, vestido con pantalones beis de pinzas y un polo de marca. Cuelga su jersey verde claro con cuello de pico en un perchero y entra en la sala.

Padre: ¡Hola, Roble!. ¡Ven, túmbate un rato con Nube y conmigo!

Roble: No, papá. Son las 9, levantaos. ¿Qué habéis hecho para cenar?

Padre: ¡Roble! ¿Dónde está tu educación? ¿Por qué respetas las reglas y las convenciones sociales? Relaaaaaaaja, come kefir cuando tengas hambre, duerme cuando tengas sueño. Aprende de nosotros.

Roble: (Algo molesto) Eso no son valores papá, son contravalores. Además, sabes que odio que me llames así. Y Mamá se llama María de la Encarnación, deja de ponerle ese nombre tan ridículo.

Nube: (Risa aspirada y no muy coherente) ja, ja, ja.

Padre: Hijo… ¡pero si te llamas Roble

Roble: No Papá, ya no me llamo Roble. He celebrado mis 18 años yendo al Registro. Mira.

(Roble alarga su brazo para darle a su padre su nuevo DNI. Al padre le cuesta moverse en el puf, está muy hundido y Nube estorba)

Padre: (Voz desesperada, algo llorosa) ¿José Antonio? ¿te llamas José Antonio? Roble, hijo mío… ¿Qué has hecho?

José Antonio: Sí Papá, estaba harto de tener un ridículo nombre de árbol. En el colegio me he llevado más collejas que nadie por vuestra culpa. Ahora tengo un nombre normal, por favor respétalo, es el que yo he escogido. Y van a cambiar más cosas.

Nube: (Voz algo ida) ji, ji, ji. Uhhh qué mal karma.

Padre: Roble, no te puedo llamar José Antonio, así no se llama mi chaval. ¿Dónde está aquel niño que correteaba desnudo por la comuna en el pueblo abandonado de Extremadura? Metías los brazos hasta los codos en los botes de pintura para llenar las paredes de manitas de todos los colores… Abrazabas los árboles para sentir su energía… ¡Si hasta me ayudaste a colgarle los visillos a la furgoneta Volkswagen!

José Antonio: (Haciendo un gesto de "se acabó" con los brazos) ¡Basta ya, Papá! Ese es mi pasado y me avergüenza, por favor, no me lo recuerdes más. Ahora soy otra persona, con otras aspiraciones. Nadie debe saber nada nunca de todo aquello. Es incompatible con lo que quiero para mi futuro.

Padre: ¿Tu futuro? ¿Tu futuro? ¿Qué mejor futuro existe que el que nosotros queremos para ti? Trabajamos duro para poder darte una vida sin trabajo y sin responsabilidades. Podrás tener una casa con un terrenito en una aldea en Las Hurdes, frente al Pico Mingorro, con su huertito de verdura y hierbas. Tomates y lechugas por un tubo. Pasarás tardes enteras mirando los pepinos hasta que caiga la noche, en sintonía con la naturaleza, y te despertará el sol a la hora de comer todos los días. Y cuando por fin conozcas a un chico especial, podrás vivir con él en esa casa y compartir todas las estrellas del cielo.

(En ese momento, Nube se incorpora un poco, les mira a uno y a otro alternativamente, suspira, y se vuelve a desplomar sobre el puf)

José Antonio: ¡Por favor Papá! Ese no es mi sueño. Nunca me ha gustado el campo, sabes que no me gusta ensuciarme. Tampoco las drogas, porque me atontan. Los pueblos me aburren hasta la muerte. Me gusta comerme una hamburguesa en un McDonalds del Centro. Me gusta ir con los amigos en sus motos, metiendo bien de ruido por la calle. Y sobre todo… ¡Joder papá! ¡Que no soy gay! ¡Olvídate ya de la historia esa del chico especial! ¡Me gustan las tías buenas que salen en las revistas de moda, y si llevan transparencias, mejor!.

Padre: (Suelta un resoplido de indignación) Los jóvenes no sabéis lo que queréis. Los 18 son una edad idiota y estás confundido. A ver… ¿Qué es lo que quieres? ¿A que no tienes ni idea?.

José Antonio: El año que viene empezaré Derecho en Pamplona. Cuando acabe, haré una pasantía para poder ejercer como abogado, a ser posible de Civil, y mientras, estudiaré unas oposiciones. A Registrador o a Abogado del Estado, todavía no lo tengo claro. En primero de carrera conoceré a una chica mona y formal y me casaré con ella en cuanto apruebe las oposiciones. Los hijos que tengamos los atenderá por la mañana una chica colombiana, que son las más educadas y dulces. Y mañana mismo me voy a afiliar a las juventudes del partido. Y tú no me lo vas a impedir, porque soy mayor de edad.

Padre: ¿Ves? ¿Ves? ¿Abogado del Estado o Registrador? ¡No has pensado nada! La culpa es de las malas compañías esas de las charlas de los jueves en la Parroquia. ¡En mala hora te apuntaste! Yo no impongo nada, pero te pido por favor como amigo tuyo que soy, que lleves tu mal aura a tu habitación y os quedéis allí hasta mañana.

(José Antonio se va con los brazos estirados pegados al cuerpo, con los puños firmemente cerrados, y la mirada brillante. Cierra la puerta de su habitación de un portazo. Tras la puerta cerrada se oye un "¡Os odio!" sofocado por un cojín)

(El padre se queda tumbado en el puf, también muy alterado por la discusión. Da una calada al cigarrito y tose. Sigue dando algunas caladas y se va tranquilizando poco a poco. Al cabo de un minuto, su voz ya suena serena).

Padre: ¿En qué nos hemos equivocado, Nubecilla? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Cuándo fuimos demasiado flojos con él y dejamos que se echara a perder?

(El padre da otra calada al cigarrillo que ya está apurado, se quema muy ligeramente los labios, y deja la colilla en un cenicero, aguantando el humo en los pulmones.)

Padre: (mientras suelta el humo) En fin, Nube, Roble tiene todo el derecho del mundo a elegir su propio camino y a equivocarse. Ya volverá. Espero que para entonces no haya destrozado su vida. Una carrera en una Universidad privada tiene que costar una pasta. ¿Cuánto nos darán por la casita de las Hurdes?

Nube: ji, ji, ji… (suspirando) (pequeño ronquido)

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