El ratoncito y el buho
Esta semana tocaba escribir una fábula. Creedme, no es fácil escribir una fábula sin que te salga ñoña, yo creo que más o menos lo he evitado. Leed, leed, a ver si aprendéis algo :o)
"Soy un ratoncito de campo cualquiera. Pequeñito, nervioso, vivaracho. Escurridizo como una pastilla de jabón, y rápido como una chispa que salta de la hoguera. Durante el día me quedo calentito acurrucado en mi madriguera, un hueco en el tronco de un haya, debajo de una raiz. Por la noche, cuando el resto de habitantes del bosque duermen, yo salgo a coger bellotas que voy guardando en mi hatillo, y al llegar a casa las amontono en la despensa.
Procuro no hablar con los otros animales del bosque. No son buenos vecinos. Yo lo único que hago en la vida es recolectar comida sin molestar a nadie, pero parece que todos me quieren recolectar a mi. Si voy de día, tengo que estar atento al milano, al tejón, al aguilucho.. Cualquier ruidito, una hoja que se cae, una rama que cruje, o un susurro inesperado del viento entre los arboles, y yo me quedo muy quieto, con las orejas erguidas, y olisqueando el aire, preparado para salir corriendo.
Creo que no hago daño a nadie.
En la noche, cuando yo salgo, sólo hay un peligro; el buho. ¡Que impresionante animal! Es gigantesco, y con solo batir sus alas una vez, levanta un remolino que alborota el mantillo del suelo. Todos los animales tranquilos y pacíficos del bosque le tenemos miedo, sabemos que si ves destellar en la noche sus redondos ojos naranjas, tienes pocas posibilidades de escapar. Por eso intento no alejarme mucho del porche de mi casa.
Además… ¡Qué altanero es! Con todas sus elegantes plumas marrones y blancas impecablemente planchadas y sus orejas siempre erguidas, con un afilado mechon de pelo en la punta. Cuando cae el sol siempre se lo peina en las ramas bajas del roble del centro del claro, para que podamos verle todos.
Pero lo que mas miedo nos da es su oscura y profunda llamada, ese ulular que me hiela la sangre, y que lanza sólo por el placer de vernos a todos, ratones, ardillas, conejos y pajaritos meternos en nuestras casas y cerrar la puerta sin aliento y con el corazón latiendo desbocado. Le encanta aterrorizarnos, siempre le brillan los ojos después de lanzar su voz tétrica al viento.
O eso pensaba yo hasta que sucedió la historia que os voy a contar.
Aquella noche, los grillos del bosque estaban haciendo una fiesta. Todos bailaban y hablaban en torno al fuego, celebrando que llegaba la primavera. Pero sobre todo, reían. Y ya sabéis lo ruidosos que son los grillos cuando ríen, cri cri, cri cri, sonaban sus alegres carcajadas. Tan alto se les oía, que acallaban el resto de los ruidos del bosque. Yo recogía algunas bellotas que habían rodado hasta el claro, para disfrutar del bullicio, y para poder ver mejor los frutos. Era una noche muy oscura, y la luz de la luna se quedaba atrapada en las ramas altas del interior del bosque.
Cuando sentí el movimiento de aire en mi lomo ya fue demasiado tarde. Se me pusieron todos los pelos de mi cuerpo de punta, pero me quedé clavado en el sitio por el pánico. La siguiente imagen que recuerdo es la de mis patitas colgando inútiles, alejándose rápidamente del suelo, de la hoguera de los grillos y del claro. Volaba con las fuertes garras del buho cerradas en torno a mi cuerpecillo como grilletes.
Yo chillé como un roedor. Un grito agudo y lastimero. De pánico y de dolor por las uñas que se clavaban en mi piel.
Me pareció que el buho aflojó sus garras un poco al oirme. Sorprendido, chillé más agudo, más alto, y más lastimoso. El terrible buho aflojó un poco más su presa.
Envalentonado al notar el efecto de mis chillidos, le pregunté:
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"Buho… ¿por qué me haces esto?"
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"Tengo que comerte, ratón. Tengo hambre y es mi forma de conseguir comida" respondió él con su voz grave y profunda.
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"Pero buho… ¿no te doy pena? Yo sólo soy un ratoncito de campo, yo recojo bellotas, las guardo en mi hatillo, y no hago daño a nadie".
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"No, ratón, ninguno de los animales del bosque me dais pena. Todos huís cuando yo llego, no me hacéis caso cuando os llamo, ni me invitáis a vuestras fiestas para celebrar la primavera. Tampoco venís a hacerme compañía cuando me siento en el roble del centro del claro a peinarme las orejas". Respondió el buho, con voz cada vez menos grave.
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"Pero buho, es que tienes la mala costumbre de comernos", respondí yo.
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"Sólo sé cazar, ratón. Es lo que me enseñaron de pequeño y lo que he hecho toda la vida. Soy una rapaz, un depredador. No puedo luchar contra ello. Aunque es verdad que a veces me gustaría no estar tan solo".
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"Pero buho, yo podría enseñarte a recolectar bellotas y a romper su cáscara para comértelas. Yo podría ser tu amigo".
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"¿Tú harías eso por mi, ratón?"
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"¡Claro que sí! Tú déjame ahí, donde las bellotas de al lado de mi casa, y te enseño".
Así que el buho planeó en círculos con sus enormes alas extendidas, y me dejó suavemente en el suelo, al lado de un montoncito de bellotas. En cuanto se hubo posado, yo salí corriendo como una centella, me metí en mi casa, y cerré la puerta con tres cerrojos a mis espaldas. Me refugié en el fondo de mi madriguera y no salí en una semana, mientras me comía las bellotas que guardaba en la despensa.
Si es que no se puede luchar contra lo que somos. Yo soy un ratoncito de campo cualquiera. Recolecto bellotas, las guardo en mi hatillo, y no hago daño a nadie. Y ahora tengo mucho más cuidado por las noches, porque sé que no podría engañar al buho dos veces. Él sigue cazando en solitario, sentándose en el roble a peinarse los mechones de las orejas, y ululando a la luna por las noches con los ojos brillantes, llorando porque no tiene amigos."

Me falla el tema del conflicto, pero conseguiste no caer en la ñoñería y eso me gusta. El siguiente…más y mejor, ¿no?. Besitos
Comment by jimena — January 14, 2009 @ 4:23 pm