Esta semana el ejercicio trataba de contar una anécdota, y de transformarla en un relato hecho y derecho introduciendo un conflicto y un cambio en el personaje. Por supuesto, la mía es totalmente inventada. O totalmente cierta, quién sabe :o)
"Esta breve historia que os voy a contar tuvo lugar a lo largo de mi último año de carrera. Pero, a pesar de lo vergonzante de la situación, no os penséis que pasó una o dos veces; sucedía casi todos los días, exactamente a las tres y media.
Por aquel entonces, yo vivía en un piso de estudiantes, en Bilbao. Tras cuatro años siendo alojados y alimentados por los Jesuitas en un Colegio Mayor, dos compañeros y yo decidimos tomar nuevos rumbos y probar la vida en comuna. Queríamos sentirnos dueños de nuestros propios destinos, campar por nuestros respetos, ebrios de libertad.
Alquilamos un piso primando, sobre todo, su situación. Lo tenía todo; estaba cerca de la Universidad, del Colegio Mayor donde seguían viviendo nuestros amigos, y de la zona por donde salíamos los jueves. Perfecto. El problema de aquel piso no era dónde estaba, sino cómo estaba. El edificio no tenía demasiados años, pero el mobiliario nunca había sido renovado. El fregadero de la cocina era de piedra, y tenía un agujero cilíndrico a un lado, que algún día fue una lavadora rudimentaria. La tele carecía de mando a distancia, así que adquirimos gran destreza en cambiar de canal con el palo de una escoba. Los sillones eran viejos, como viejo era el mueble de formica del salón. Desde una de sus estanterías nos observaba una estatuilla de un Buda sentado, bastante ridículo tanto por lo anatópico como por su gesto; Sonreía siempre desde la altura de su balda.
Estoy convencido de que lo que sucedió aquel año, en realidad, fue un problema de roles. Cuando tres personas supuestamente heterogéneas empiezan a convivir, las diferencias se acentúan entre unos y otros. Cada persona se reafirma en su personalidad, y el que antes era aficionado a la limpieza, pasa a ser un obseso. El que vagueaba, no se levanta de la cama en todo el día. El que solía salir por las noches, se convierte en un crápula impenitente.
Con nosotros pasó lo contrario. Teníamos caracteres parecidos, y cuando nos instalamos en nuestra acogedora porqueriza, nos reafirmamos en nuestra igualdad. Lo que antes era una ligera vagancia, se convirtió en una acusada indolencia. En vez de bajar a clase, nos quedábamos en el piso haciendo "nada". Limpiábamos cuando ya las enormes pelusas nos venían a recibir al abrir la puerta de la casa. Las salchichas apenas pasadas por la sartén se convirtieron en nuestra cena estándar.
Yo supe que habíamos tocado fondo la primera vez que aquello sucedió. Después de comer, nos sentábamos a ver un rato la tele. Friends era nuestra serie favorita, y el canal plus la emitía en abierto. El problema era que al acabar, alguien tenía que levantarse a cambiar, porque se codificaba, y tumbados no alcanzábamos a los botones con nuestro "mando a distancia" de madera. Los primeros días, lo echábamos a suertes, y el perdedor hacía un esfuerzo y se levantaba para poner el telefilme de Antena 3. Aquel día tal vez no quedo claro el perdedor, o quizá éste no acató el resultado del sorteo, y no se quiso levantar. Quedamos extenuados por la discusión, y nos despertamos dos horas después, tras una magnífica siesta arrullados por el chirrido magnético de la programación codificada.
Los siguientes días ya no hubo discusión ni sorteo. Alcanzamos el acuerdo tácito de quedarnos dormidos para que nadie tuviera que levantarse a cambiar el canal. Ni siquiera teníamos que hablarlo, simplemente sucedía. La sobremesa transcurría plácida, y en el momento en que la programación se codificaba, nos deseábamos dulces sueños. Y los teníamos, vaya si los teníamos.
A mi me remordía la conciencia como una chinchilla insistente. Tenía la sensación de estar perdiendo un año de libertad que ya no volvería. Al año siguiente comenzaría a trabajar, y nunca más volvería a tener tanto tiempo libre. Era el momento de cultivar mis hobbies, de rematar mi carrera especializándome en algún campo, o simplemente de crecer como persona hablando con gente diversa. Pero en vez de hacer todo eso, me pasaba la tarde durmiendo delante de una tele con un programa codificado, por el simple hecho de no ceder y levantarme a cambiar el canal.
Así que aquel día tomé la decisión. Cuando acabase friends, me levantaría y me iría a mi cuarto a leer aquel libro de Inteligencia Artificial que me había comprado ya hacía algunas semanas y que cogía polvo en mi escritorio. Retomaría el rumbo de mi vida, y aprovecharía mis últimos meses como estudiante para realizarme.
El episodio de Friends de ese día fue uno de mis favoritos, aquel en el que juegan al fútbol americano en Central Park y Phoebe se levanta la camiseta para distraer a los chicos. Nos reímos mucho, como las otras cien veces que lo habíamos visto. Cuando acabó el episodio, me observé a mi mismo desde el exterior. Estaba tumbado en el sillón grande. Una mantita de lana me tapaba desde las rodillas a los pies. Tenía un cojín abrazado a la altura del estómago para hacer mejor la digestión, y otro debajo de la cabeza para no hacerme daño con el duro reposabrazos de madera.
Oh, vamos, pensé yo, mientras los párpados me empezaban a pesar, y el ruido metálico del programa codificado empezaba a diluir mis ondas cerebrales. A quien quiero engañar, yo soy este. Antes de quedarme dormido definitivamente, cuando ya se oía la respiración pesada de mis amigos, mi última mirada fue para el buda de la estantería. Parecía más feliz que nunca. Su beatífica sonrisa bendijo mi sueño."