November 25, 2008


La llamada

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 8:57 am

El ejercicio de esta semana consiste en tomar un hecho histórico y crear un relato sobre él, practicando con los tiempos verbales del pasado, que determinan un hecho puntual (Pretérito perfecto simple, salté, corrí, fui), o un hecho circular, que tiene una duración o que se repite (saltaba, corría, iba).

Lo único que sé sobre mi hecho histórico es que la primera llamada de teléfono en territorio español se hizo en Cuba en 1877 entre la casa del industrial Muset y el Cuartel de Bomberos de la Habana. Ahí os lo pego. Como siempre, agradezco mucho vuestros comentarios.

"Recuerdo perfectamente aquella mañana, porque sentí que un simple cubano iba de nuevo a hacer historia. Yo, Reinaldo Valdes, hijo de la casa - cuna de beneficencia del Monasterio de Santa Teresa, en La Habana, negrón por más señas, había sido designado para representar a Cuba y a la madre Patria en un acontecimiento histórico; la primera llamada de teléfono en territorio español.

Cuando entré en la escuela de bomberos como aprendiz en abril de 1850 nunca pensé que mi  trabajo sería tan honorable. Aquellos primeros meses me los pasé con un cubo de agua en cada mano. Para rellenar los grandes tanques, o para rescatar el rojo brillante de la pintura de los carros de debajo de la capa de hollín. Con el calor que hacía en el patio del cuartel en plena solana, se agradecían las peleas de cubos con Juan, el otro aprendiz. Siempre acabábamos chorreando agua sucia, muertos de risa, agotados. Con el pelo encrespado cuajado de perlitas brillantes, y chapoteando en los charcos de agua y estiércol de los caballos con nuestros pies descalzos.

Pasaron los años, y empecé a prestar servicio como bombero. Fui ganándome un prestigio entre mis compañeros. Ayudé a apagar muchos incendios, salvé vidas. Sufrí muchos percances, golpes, infinidad de quemaduras. Pero no me importaba, disfrutaba con mi trabajo, ir ganándole terreno al fuego que quería extenderse, recuperando y salvando parcelas de las casas, hasta arrinconar al enemigo y por fin apagarlo. Pero lo que más me gustaba era el trabajo que venía después; ayudar a los heridos, repartir vendas, emplastos y ungüentos, e ir sofocando las pequeñas brasas y rescoldos que quedaban. Vengarme del fuego dañino apagando sus últimas esperanzas de renacer.

Sin embargo, aquella vez fue distinta. Un joven llegó corriendo al cuartel, y con la respiración entrecortada por los nervios y la carrera nos contó que se había declarado un incendio en la hacienda del industrial Muset. Para cuando él llegó, nosotros ya estábamos sobre aviso. Todas las campanas de la ciudad estaban tocando a rebato, y una enorme columna de humo blanco ascendía por detrás de una loma cercana.

El carro volaba sobre el suelo irregular de las calles de La Habana. Cada adoquín amenazaba con romper las ruedas de madera. Seguíamos adelante. Los caballos jadeaban y sudaban por el peso del carro. No desfallecían. Los enormes tanques bamboleantes salpicaban agua en todas direcciones.

Llegamos y vimos el terrible espectáculo. El fuego había comenzado en el pajar, que estaba envuelto en una espesa humareda. Tan densa, que apenas se veían las llamas furiosas que empezaban a extenderse también por la casa y por los establos. Nos miramos, y sin pronunciar una palabra, supimos qué había que hacer. Cuatro bomberos corrimos hacia la casa y uno hacia el establo, para que el fuego no se extendiese más allá del granero, al que dimos por perdido.

Todos los vecinos nos quisieron ayudar. Todos trabajaban directa o indirectamente para el Industrial Muset. Formaron una cadena para llevar los cubos del carro hasta la casa, y cuando los tanques se agotaron, comenzaron a llenarlos en el pozo de la Hacienda. Nosotros entrábamos y salíamos de la casa con los cubos, la piel renegrida y tirante, los ojos casi ciegos por el humo y el calor. Las telas húmedas que nos atábamos en la boca y en la nariz se secaban rápidamente y había que remojarlas para no morir asfixiados.

En primer lugar conseguimos entrar en todas las estancias y poner a salvo a todos los habitantes de la Hacienda, que se quedaron en la plantación de maíz mirando con ojos aterrorizados cómo el fuego parecía devorar todo lo que tenían. Después fuimos atacando los límites del incendio haciéndolo retroceder lentamente. Cada metro ganado al fuego era un triunfo. Cada vez que abríamos una puerta nos invadía el terror de pensar que al otro lado la habitación fuera ya insalvable y tuviéramos que luchar contra un nuevo foco.

Pero lo conseguimos. El fuego no llegó a hacer daños serios en la casa. Se mantuvo en el sitio que habíamos decidido para él. Apenas unas cuantas paredes ennegrecidas y alguna ventana de madera quemada. Nada más. No nos lo podíamos creer.

Cuando la situación estuvo finalmente controlada en la casa, los cuatro compañeros nos fundimos en un largo abrazo, llenos de alegría y de alivio, sabiendo que nos habíamos jugado la vida. Nuestros corazones se unían, y no nos importaban las heridas y llagas en la piel. El compañerismo convertía el dolor en caricia, las miradas subían juntas al cielo buscando espacios abiertos y colores suaves, y a las nubes, a sus formas blandas y sin aristas. Todo paz.

Pero algo fallaba. Fui yo quien se dio cuenta. En el carro veníamos cinco. Faltaba un compañero, el que se había ido al establo. Había luchado todo el rato él solo, no le habíamos tenido en cuenta desde que nos separamos. No estaba Juan. Faltaba mi amigo.

Corrí hacia el establo, rodeando las ruinas humeantes del granero. Los animales, vacas, cabras y caballos se agitaban y amontonaban unos junto a otros entre respingos, apoyados en las paredes del patio. El establo no se había quemado, pero el ala derecha estaba derruida. La estructura no había aguantado el calor del cercano granero.

Entré buscando a Juan entre los escombros. El lugar estaba iluminado por el sol que entraba por las ventanas, pero el polvo que flotaba en el aire emborronaba y detenía la luz y apenas se distinguían las formas. Oí un gemido. Miré en esa dirección, y aunque no pude ver su cuerpo enterrado bajo los escombros, pude ver su cara iluminada por  un rayo de sol que bajaba desde un agujero en el tejado. Tenía el pelo blanco por el polvo de yeso, los dientes también blanquísimos brillaban en una mueca de dolor. Sus ojos estaban cerrados fuertemente. Eso me dio esperanzas. Mientras sacaba al exterior su cuerpo magullado y malherido, no cambiamos palabra. Él no podía hablar. Yo sólo pensaba en que me había olvidado de mi amigo.

Al día siguiente, cuando la casa dejó de humear por fin, y todos los sirvientes se afanaban en devolver la normalidad a la propiedad, volvió el Industrial Muset del viaje al que le habían llevado sus negocios. Tomó dos decisiones; en primer lugar, acogió a Juan en las habitaciones de la hacienda, en el segundo piso frente a su alcoba. Contrató a un médico especialista para tenerlo en constante vigilancia. En segundo lugar, trajo noticias de un invento norteamericano, al que llamaban teléfono, sobre el que había oído hablar en algunos círculos ilustrados. Permitía que dos personas alejadas varios kilómetros pudieran hablar como si estuvieran en la misma habitación. No quería volver a arriesgar a su familia y a su casa, y decidió unir de esta forma su hacienda y el Cuartel de Bomberos.

Muset contrató a dos ingenieros y a veinte peones que llevaron un cable parecido al del telégrafo desde su hacienda hasta el cuartel, atravesando pastos, sembrados de maíz, calles y tejados. Logró hacer traer dos de esos novísimos artilugios desde el continente en un tiempo récord. Tres meses después, el ingenio estuvo preparado. Yo tuve el gran honor de ser designado en nombre de los Bomberos de la Ciudad de la Habana para responder al industrial por primera vez cuando se inaugurase el sistema, por mi valentía durante el incendio. Este reconocimiento me llenó de orgullo, aunque cualquiera de mis compañeros se lo merecía tanto como yo.

La noticia de que el industrial Muset estaba llevando a cabo un experimento pionero en la Colonia y en España llegó a oídos del Gobierno español. La Junta de Información en pleno quiso estar presente el día de la inauguración del invento. También lo estaba el General Martínez Campos, máximo representante de la madre Patria, que se presentó ataviado con su brillante uniforme de gala y escoltado por su guardia personal. Todo el pueblo quiso asistir también al evento, y acudieron vestidos de domingo a la hora designada a aquel mismo patio del cuartel que tantas veces había lustrado yo hacía no tantos años.

Todos los asistentes se repartieron por el patio del cuartel, dejándome a mi un respetuoso espacio en el centro. El sol caía de pleno, y todos estábamos sudando bajo nuestros uniformes y camisas. Mayores y niños, militares y civiles, me miraban expectantes. Yo estaba de pie frente a una mesa en la que habían colocado el aparato. Tenía dos dedos apoyados en el tablero, impaciente. La otra mano la guardaba en el bolsillo. No sabía muy bien qué hacer con ella.

Pasados algunos minutos de la hora convenida para la llamada inaugural, el artilugio sonó, como una aguda chicharra de metal. La mesa también vibró sobre los adoquines del patio. Toda la gente, tanto los vecinos como los militares, se sobresaltaron con el ruido, que no se parecía a nada que hubieran oído antes. Dieron un paso atrás, buscando cobijo unos con otros y con las paredes del cuartel. Yo me sobrepuse al nerviosismo general y al mío propio, y descolgué el aparato. Con la mano temblorosa me lo acerqué a la oreja.

Al principio no se oía nada. Pasados algunos segundos, yo empecé a sentirme incómodo, con tanta gente querida o importante mirándome, y con el extraño artefacto apoyado en mi cara. Pero pronto se oyó al Industrial Muset, que como si estuviera a mi lado, decía:

"Aló, Aló. ¿Aló?. ¿Con quién hablo?"

"Con Reinaldo Valdes, Oficial de bomberos, señor" dije yo con voz temblorosa.

"Hola, Reinaldo, le oigo claro. La Historia le está escuchando. ¿Qué quiere decir?"

"Disculpe la pregunta, Licenciado. ¿Qué se sabe de mi amigo Juan?"."

2 Comments »

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  1. Impresionante cómo he visualizado el incendio gracias a tus descripciones, Ale. Me lío un pelín en el final, no sé, puede que sea mi neurona, que patina un poco. Me hubiera gustado que el conflicto estuviera tan vivo como el fuego que has dibujado con palabras. De las comas, ni mu… Besos, este curso promete

    Comment by Jimena — November 25, 2008 @ 10:45 pm

  2. Puesto que te valen las “críticas” te diré que me ha parecido un poco largo. Muy logrado y entretenido, aunque si la fuerza del relato está en el párrafo final podrías haber conseguido lo mismo con la mitad del incendio…dicho sin ánimo de ofender y con un puntito de pedantería…¿has visto “El río de la vida”? fíjate como el padre enseña a Brad Pitt el oficio de la escritura en versión protestante.

    Comment by supernacho-tu-tutor — December 7, 2008 @ 6:38 pm

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