La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
Esta vez, el objetivo del ejercicio era crear un personaje con una personalidad muy marcada, y darle voz, es decir, hablar con sus palabras, no con las mías. Naturalidad ante todo. Ahí va:
"Como cada mañana, Paco bajó las escaleras de su casa con toda la alegría que le permitía su oronda panza, haciendo girar en su mano derecha las llaves de su taxi. En cada recodo de la escalera, se agarraba al pasamanos para vencer la inercia, y el llavero verde y negro de Skoda rozaba la maderilla haciendo una pequeña muesca en el barniz. "Otro rozón, otro gran día para Paco el Taxista" - Pensaba alegremente, mientras se sacudía del bigote las últimas migas de magdalena con café con leche.
Allí estaba su taxi, flamante en la plazoleta con jardincitos que forman los cinco bloques idénticos a su casa, casi idénticos también al resto de bloques de su barrio de la periferia madrileña. Miró la presión de las ruedas, pero no dándoles una patada cerca del suelo como haríamos cualquiera. Él los tanteaba con dos dedos como podría haber hecho anoche con las caderas de su mujer. Eso si no se hubiera largado hacía seis años con el vendedor de repuestos de automoción de la tienda del bajo, claro.
"Estoy hasta las narices de ti y de la mierda de tu taxi, Paco, ahí os quedáis los dos, que te haga él la comida y te limpie la casa y aguante a tu madre", dijo la muy guarra cuando se fue dando un portazo que tembló toda la formica de la cocina.
Inspeccionó los bajos, por si los cabritos de los niños del barrio habían dejado chinchetas, no sería la primera vez. Le pasó la bayeta y el cristasol al parabrisas, acariciándolos casi, poniendo mucho cuidado en no dejar relejes, asegurándose de que quedaran limpísimos, aunque al hacerlo apoyaba su tripa en el capó, manchándose la camisa. Eso daba igual.
Abrió la puerta y se acomodó con cierta dificultad en el asiento de eskay negro, escurriéndose un poco en el tapiz de bolas, y arrancó. El motor diesel le sonó a gloria bendita, joder con estos checos, lo rojos de mierda que son, y lo bien que hacen los coches, pensó Paco metiendo primera.
En la radio, Jiménez Losantos escupía verdades como puños:
"¿Cómo es posible que nadie denuncie en la profesión el sectarismo de la gente del cine, de la supuesta cultura y de la literatura de aficionadillos juntapalabras?. Pues porque es lo típico de las dictaduras comunistas que a esta gentecilla tanto les complacen. Tienen montado un círculo amiguista que sólo vale para justificarse a sí mismos, sin darse cuenta de que están instalados en la cómoda burguesía contra la que dicen luchar".
"Así se habla, Federico, que se jodan esos vagos" - Dijo en voz alta Paco dándole una palmada al volante para subrayar sus palabras.
La jornada transcurrió muy tranquila; un par de carreras llevando a tipos trajeados al Aeropuerto, con los que tuvo interesantes conversaciones. A los dos les contó su teoría, y los dos estuvieron muy de acuerdo:
"¿Mire, quiere que le diga lo que yo pienso en realidad?"
"u-hu"
"En realidad todo esto de la crisis tiene una solución muy fácil. Es sólamente que en el mundo sobra gente, no hay dinero para todos. Sólo con meter en la cárcel a los parásitos y a los hombres que andan con otros hombres, todo funcionaría mucho mejor. Porque no me puede negar que eso es raro, ¿verdad?"
"u-hu".
"Joder, que yo les respeto mucho, que cada cual haga lo que quiera, pero no me joda que no es raro. A mi se me enciende la sangre cuando les veo de la mano por la calle, joder, como si fuera lo más normal. ¿A usted no se le revuelven las tripas?"
"mprhhf"
"Lo dicho, todo el mundo es libre para hacer lo que quiera, pero joder, en su casa, no delante de todo el mundo, que hay niños".
"buff"
También llevó a una señora cargada de bolsas desde Plaza España a Arapiles, y un chico en pantalones cortos con muletas tuvo la caradura de decirle que para ir desde Téllez a Legazpi fuera por el Planetario en vez de por el centro. Ese lo que quería era echarles un ojo a las putas. Pero con ellos no logró pegar la hebra, no le inspiraban confianza. Paco tenía un buen día y no quería que viniera cualquiera a jodérselo. Y encima no dejaron propina.
La noche llegó cuando estaba dejando a un chaval con ojos un poco perdidos en su casa del Barrio de Salamanca. Putos chavales de ahora, no beben más que guarradas, todo era mucho más normal antes. Ibas con los amigos al bar y echabas la tarde con las cartas, el dominó y el pacharán, no como ahora, que en media hora están que no se tienen de pie. Con esa música de mierda, bum, bum, que les ponen. Pues se ha llevado mal el cambio, así aprenderá que el mundo está lleno de listos y hay que estar despierto siempre.
"Calle Diego de León con Serrano, ¿algún compañero cerca?" - sonó la operadora del teletaxi con su voz nasal, monocorde y aburridísima.
"¡Kkj!" - Crujió la estática.
"¿Diego de León con Serrano? - Repitió sin dar tiempo a nadie a responder.
Paco dudó unos segundos entre irse a casa después de un día tan largo, o aprovechar para una última carrera. Alargó la mano, cogió el transmisor, y dijo:
"El 64".
Tras unos segundos de espera, la operadora anunció en el mismo tono que la vez anterior y que las mil veces anteriores:
"64, acuda a Diego de León con Serrano, el cliente no ha dado su nombre".
Mientras subía por Velázquez, iba imaginándose el resto del día; Llegaría a casa y se pondría a ver el partido en camiseta, las piernas estiradas, con una Mahou helada apoyada en el reposabrazos del sillón. Real Madrid - Goteborg. Se iban a enterar estos suecos. Este año fijo que la champions league se viene para el Bernabeu.
Cuando llegó al lugar acordado, encontró a un personaje curioso esperándole entre las sombras. Iba vestido con una larga gabardina de color tostado, que le llegaba por debajo de las rodillas. Los zapatos eran mocasines de traje, negros y lisos, muy clásicos. Relucientes. Llevaba las solapas de la gabardina subidas, en un gesto entre tímido y macarra, que no parecía ser muy acorde con su porte, y mucho menos con las mangas de la americana azul Bilbao que le llegaban más allá de las muñecas, casi hasta los pulgares. Se cubría la cabeza con un sombrero de fieltro gris, con dibujo de pata de gallo, el ala algo hundida para taparle la frente.
El misterioso desconocido se acercó a abrir la puerta del taxi. Cuando pasó por debajo de la farola que alumbraba la acera, Paco pudo ver en el retrovisor algunos detalles de su rostro. En concreto, unas gafitas de montura metálica ligera, y una cerrada barba entrecana que le resultaron muy familiares, y que seguían discordando con el aspecto a primera vista del individuo.
¿Sería posible que fuera él? El desconocido se parecía bastante a otra persona que Paco estaba harto de ver en la televisión, en carteles por la calle, e incluso en algún que otro mitin al que había ido en la plaza de toros de Vista Alegre. Qué coño, si hasta le había votado en las dos últimas elecciones generales…
El desconocido se acomodó en el asiento, en la penumbra del asiento de atrás, y dijo con un hilillo de voz…
"Buenash Nochesh".
Ahora sí que no cabía duda, era él, ese ligero deje al pronunciar las eses era inconfundible. Ahí mismito, detrás de la mampara, tenía al político que representaba su forma de pensar. Un poco amariconado últimamente, de acuerdo, pero es que con la mierda de la moderación y el talante y el diálogo este que se lleva últimamente, hay que representar un papel para sacarse votos. Pero en esencia, el auténtico caballero español que quiere llevar a nuestro país, que anda tan perdido, al sitio que le corresponde.
Justo cuando Paco estaba pensando la frase con la que aplaudiría su buen hacer en la oposición, el ya no tan desconocido dijo:
"Al club la Oshtra Azul, en Augushto Figueroa, en Chueca, por favor".
Las palabras se quedaron flotando en el aire mal ventilado del taxi. Parecían rebotar contra las ventanillas cerradas y contra la mampara, resonando una y otra vez en su mente. Paco se quedó con las manos en el volante, mirando por el retrovisor hacia la penumbra que envolvía a su pasajero. No conseguía reaccionar, y permaneció en esta misma postura durante algunos segundos, con las fosas de la nariz dilatadas y la boca entreabierta, como si le estuviera faltando el aire.
"¿Esh que no me ha entendido?"
"Por supuesto. Vamos allá".
Mientras conducía en la negra noche madrileña, sin luna y sin estrellas que iluminaran sus entendederas, Paco se hizo mil conjeturas. Tal vez va a alguno de los restaurantes modernillos de esos con lámparas colgando a medio metro de la mesa que hay en la misma calle. O quizá va a convencer a los clientes de que vuelvan al camino natural y se dejen de guarradas. O Igual se ha enterado de que hay una redada y quiere ir a aplaudir la labor policial mientras sacan a los degenerados a punta de porra.
La carrera, de apenas quince minutos, se le hizo eterna por el silencio denso que parecía hundirle en el asiento. Esta vez no hubo conversaciones de política, ni de toros, ni de fútbol, no pudo dar su solución a los problemas del mundo. Sólo las respiraciones de los dos hombres, que poco a poco se fueron acompasando para romper menos el silencio. Tanto silencio.
Al llegar al club, paró en un hueco libre que había justo en la puerta. Son 8 con 15, dijo Paco, con voz entrecortada. El desconocido le pagó con un billete de 10 y salió apresuradamente del taxi, sin esperar el cambio ni despedirse. Saludó al portero, y entró en el local.
Paco, muy despacio, quitó el contacto y apagó las luces de su taxi. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de lana para coger su cartera, la abrió, y cogió las fotos que llevaba en ella: la de la plantilla del Real Madrid del 65, la de Franco con su uniforme de general saludando a un diplomático, y la de sus dos hijas sonriendo felices en la playa, con los rascacielos de apartamentos de fondo. Despacio, muy despacio, abrió la guantera del taxi y metió dentro las fotos.
Salió del taxi, y cerró la puerta suavemente, tirando luego de la manilla para comprobar que el seguro había quedado puesto. Se acercó a la entrada de La Ostra Azul, saludó al portero, abrió la puerta y entró.
"Qué demonios. Tal vez no sea tan malo", le dijo Paco a los cortinones de la entrada. La pesada puerta con marco de terciopelo Burdeos se cerró a su espalda con un "floup" amortiguado."

Tú sabes hacerlo mejor, Ale, y yo a tu taxista no me lo creo, sobre todo al final. Pero estoy contenta de que aprendamos juntos. Un beso
Comment by Jimena — November 4, 2008 @ 8:16 pm
No, hombre…Tenía que ser del Atleti, no del Madrid! :-D
Comment by Hombre Sin Personalidad — November 9, 2008 @ 6:13 pm