November 25, 2008


La llamada

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 8:57 am

El ejercicio de esta semana consiste en tomar un hecho histórico y crear un relato sobre él, practicando con los tiempos verbales del pasado, que determinan un hecho puntual (Pretérito perfecto simple, salté, corrí, fui), o un hecho circular, que tiene una duración o que se repite (saltaba, corría, iba).

Lo único que sé sobre mi hecho histórico es que la primera llamada de teléfono en territorio español se hizo en Cuba en 1877 entre la casa del industrial Muset y el Cuartel de Bomberos de la Habana. Ahí os lo pego. Como siempre, agradezco mucho vuestros comentarios.

"Recuerdo perfectamente aquella mañana, porque sentí que un simple cubano iba de nuevo a hacer historia. Yo, Reinaldo Valdes, hijo de la casa - cuna de beneficencia del Monasterio de Santa Teresa, en La Habana, negrón por más señas, había sido designado para representar a Cuba y a la madre Patria en un acontecimiento histórico; la primera llamada de teléfono en territorio español.

Cuando entré en la escuela de bomberos como aprendiz en abril de 1850 nunca pensé que mi  trabajo sería tan honorable. Aquellos primeros meses me los pasé con un cubo de agua en cada mano. Para rellenar los grandes tanques, o para rescatar el rojo brillante de la pintura de los carros de debajo de la capa de hollín. Con el calor que hacía en el patio del cuartel en plena solana, se agradecían las peleas de cubos con Juan, el otro aprendiz. Siempre acabábamos chorreando agua sucia, muertos de risa, agotados. Con el pelo encrespado cuajado de perlitas brillantes, y chapoteando en los charcos de agua y estiércol de los caballos con nuestros pies descalzos.

Pasaron los años, y empecé a prestar servicio como bombero. Fui ganándome un prestigio entre mis compañeros. Ayudé a apagar muchos incendios, salvé vidas. Sufrí muchos percances, golpes, infinidad de quemaduras. Pero no me importaba, disfrutaba con mi trabajo, ir ganándole terreno al fuego que quería extenderse, recuperando y salvando parcelas de las casas, hasta arrinconar al enemigo y por fin apagarlo. Pero lo que más me gustaba era el trabajo que venía después; ayudar a los heridos, repartir vendas, emplastos y ungüentos, e ir sofocando las pequeñas brasas y rescoldos que quedaban. Vengarme del fuego dañino apagando sus últimas esperanzas de renacer.

Sin embargo, aquella vez fue distinta. Un joven llegó corriendo al cuartel, y con la respiración entrecortada por los nervios y la carrera nos contó que se había declarado un incendio en la hacienda del industrial Muset. Para cuando él llegó, nosotros ya estábamos sobre aviso. Todas las campanas de la ciudad estaban tocando a rebato, y una enorme columna de humo blanco ascendía por detrás de una loma cercana.

El carro volaba sobre el suelo irregular de las calles de La Habana. Cada adoquín amenazaba con romper las ruedas de madera. Seguíamos adelante. Los caballos jadeaban y sudaban por el peso del carro. No desfallecían. Los enormes tanques bamboleantes salpicaban agua en todas direcciones.

Llegamos y vimos el terrible espectáculo. El fuego había comenzado en el pajar, que estaba envuelto en una espesa humareda. Tan densa, que apenas se veían las llamas furiosas que empezaban a extenderse también por la casa y por los establos. Nos miramos, y sin pronunciar una palabra, supimos qué había que hacer. Cuatro bomberos corrimos hacia la casa y uno hacia el establo, para que el fuego no se extendiese más allá del granero, al que dimos por perdido.

Todos los vecinos nos quisieron ayudar. Todos trabajaban directa o indirectamente para el Industrial Muset. Formaron una cadena para llevar los cubos del carro hasta la casa, y cuando los tanques se agotaron, comenzaron a llenarlos en el pozo de la Hacienda. Nosotros entrábamos y salíamos de la casa con los cubos, la piel renegrida y tirante, los ojos casi ciegos por el humo y el calor. Las telas húmedas que nos atábamos en la boca y en la nariz se secaban rápidamente y había que remojarlas para no morir asfixiados.

En primer lugar conseguimos entrar en todas las estancias y poner a salvo a todos los habitantes de la Hacienda, que se quedaron en la plantación de maíz mirando con ojos aterrorizados cómo el fuego parecía devorar todo lo que tenían. Después fuimos atacando los límites del incendio haciéndolo retroceder lentamente. Cada metro ganado al fuego era un triunfo. Cada vez que abríamos una puerta nos invadía el terror de pensar que al otro lado la habitación fuera ya insalvable y tuviéramos que luchar contra un nuevo foco.

Pero lo conseguimos. El fuego no llegó a hacer daños serios en la casa. Se mantuvo en el sitio que habíamos decidido para él. Apenas unas cuantas paredes ennegrecidas y alguna ventana de madera quemada. Nada más. No nos lo podíamos creer.

Cuando la situación estuvo finalmente controlada en la casa, los cuatro compañeros nos fundimos en un largo abrazo, llenos de alegría y de alivio, sabiendo que nos habíamos jugado la vida. Nuestros corazones se unían, y no nos importaban las heridas y llagas en la piel. El compañerismo convertía el dolor en caricia, las miradas subían juntas al cielo buscando espacios abiertos y colores suaves, y a las nubes, a sus formas blandas y sin aristas. Todo paz.

Pero algo fallaba. Fui yo quien se dio cuenta. En el carro veníamos cinco. Faltaba un compañero, el que se había ido al establo. Había luchado todo el rato él solo, no le habíamos tenido en cuenta desde que nos separamos. No estaba Juan. Faltaba mi amigo.

Corrí hacia el establo, rodeando las ruinas humeantes del granero. Los animales, vacas, cabras y caballos se agitaban y amontonaban unos junto a otros entre respingos, apoyados en las paredes del patio. El establo no se había quemado, pero el ala derecha estaba derruida. La estructura no había aguantado el calor del cercano granero.

Entré buscando a Juan entre los escombros. El lugar estaba iluminado por el sol que entraba por las ventanas, pero el polvo que flotaba en el aire emborronaba y detenía la luz y apenas se distinguían las formas. Oí un gemido. Miré en esa dirección, y aunque no pude ver su cuerpo enterrado bajo los escombros, pude ver su cara iluminada por  un rayo de sol que bajaba desde un agujero en el tejado. Tenía el pelo blanco por el polvo de yeso, los dientes también blanquísimos brillaban en una mueca de dolor. Sus ojos estaban cerrados fuertemente. Eso me dio esperanzas. Mientras sacaba al exterior su cuerpo magullado y malherido, no cambiamos palabra. Él no podía hablar. Yo sólo pensaba en que me había olvidado de mi amigo.

Al día siguiente, cuando la casa dejó de humear por fin, y todos los sirvientes se afanaban en devolver la normalidad a la propiedad, volvió el Industrial Muset del viaje al que le habían llevado sus negocios. Tomó dos decisiones; en primer lugar, acogió a Juan en las habitaciones de la hacienda, en el segundo piso frente a su alcoba. Contrató a un médico especialista para tenerlo en constante vigilancia. En segundo lugar, trajo noticias de un invento norteamericano, al que llamaban teléfono, sobre el que había oído hablar en algunos círculos ilustrados. Permitía que dos personas alejadas varios kilómetros pudieran hablar como si estuvieran en la misma habitación. No quería volver a arriesgar a su familia y a su casa, y decidió unir de esta forma su hacienda y el Cuartel de Bomberos.

Muset contrató a dos ingenieros y a veinte peones que llevaron un cable parecido al del telégrafo desde su hacienda hasta el cuartel, atravesando pastos, sembrados de maíz, calles y tejados. Logró hacer traer dos de esos novísimos artilugios desde el continente en un tiempo récord. Tres meses después, el ingenio estuvo preparado. Yo tuve el gran honor de ser designado en nombre de los Bomberos de la Ciudad de la Habana para responder al industrial por primera vez cuando se inaugurase el sistema, por mi valentía durante el incendio. Este reconocimiento me llenó de orgullo, aunque cualquiera de mis compañeros se lo merecía tanto como yo.

La noticia de que el industrial Muset estaba llevando a cabo un experimento pionero en la Colonia y en España llegó a oídos del Gobierno español. La Junta de Información en pleno quiso estar presente el día de la inauguración del invento. También lo estaba el General Martínez Campos, máximo representante de la madre Patria, que se presentó ataviado con su brillante uniforme de gala y escoltado por su guardia personal. Todo el pueblo quiso asistir también al evento, y acudieron vestidos de domingo a la hora designada a aquel mismo patio del cuartel que tantas veces había lustrado yo hacía no tantos años.

Todos los asistentes se repartieron por el patio del cuartel, dejándome a mi un respetuoso espacio en el centro. El sol caía de pleno, y todos estábamos sudando bajo nuestros uniformes y camisas. Mayores y niños, militares y civiles, me miraban expectantes. Yo estaba de pie frente a una mesa en la que habían colocado el aparato. Tenía dos dedos apoyados en el tablero, impaciente. La otra mano la guardaba en el bolsillo. No sabía muy bien qué hacer con ella.

Pasados algunos minutos de la hora convenida para la llamada inaugural, el artilugio sonó, como una aguda chicharra de metal. La mesa también vibró sobre los adoquines del patio. Toda la gente, tanto los vecinos como los militares, se sobresaltaron con el ruido, que no se parecía a nada que hubieran oído antes. Dieron un paso atrás, buscando cobijo unos con otros y con las paredes del cuartel. Yo me sobrepuse al nerviosismo general y al mío propio, y descolgué el aparato. Con la mano temblorosa me lo acerqué a la oreja.

Al principio no se oía nada. Pasados algunos segundos, yo empecé a sentirme incómodo, con tanta gente querida o importante mirándome, y con el extraño artefacto apoyado en mi cara. Pero pronto se oyó al Industrial Muset, que como si estuviera a mi lado, decía:

"Aló, Aló. ¿Aló?. ¿Con quién hablo?"

"Con Reinaldo Valdes, Oficial de bomberos, señor" dije yo con voz temblorosa.

"Hola, Reinaldo, le oigo claro. La Historia le está escuchando. ¿Qué quiere decir?"

"Disculpe la pregunta, Licenciado. ¿Qué se sabe de mi amigo Juan?"."

November 5, 2008


Quizá es que no me quieres

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 6:05 pm

El ejercicio de esta semana consistía en entrenar con los distintos tipos de narradores. Había que continuar el texto de Quim Monzó (si no lo leíste no entenderás nada), tomando como narrador la primera persona, es decir, la chica o el chico de la conversación, o bien un tercero protagonista, y continuar con el relato desde ese nuevo punto de vista. Me salió un texto bastante irónico, así que me permití exagerar y tomarme algunas licencias. Por ejemplo: ¿Qué hace una persona pensando onomatopeyas?.

"¡Aaaaaargh! No puedo más. Tengo que largarme de aquí ahora mismo, ya mismo. Esta conversación estúpida y machacona está cerrando las paredes de este cuarto sobre mi cabeza, tengo ganas de arrancarme un brazo y golpear a Nuria con él, ¡a ver si así se calla!, pensé.

Me di la vuelta, dejandola con la siguiente chorrada en la boca, y tal cual estaba vestido, me fui a la calle. Al sentir el aire fresco en la cara noté una mejoría inmediata. La vista del parque Tierno Galván en primavera siempre me relaja, los chorros pulverizados que emergen del lago se meten en mis articulaciones y las engrasan. El césped verde descansa mis pupilas. Las chicas que corren en pantaloncitos cortos con vuelo parecen saludar a la nueva estación, hola primavera, adios invierno, mira cómo corro, no me alcanzas. Qué monas que son. Si yo las alcanzara…

¿¿Pero qué demonios le pasa a Nuria??. ¿Por qué no se da cuenta de que la quiero?. La amo, la adoro, besaría por donde ella pisa. Subiría al Everest a por una flor para ella si allí las hubiera, o bucearía el más profundo de los oceános para rescatar una corona de un galeón hundido y ponérsela en la cabeza a mi reina. Me pondría a gatas y le ofrecería mi espalda para que ella tuviera un trono donde sentarse cómodamente, yo sería su fiel lacayo o su bufón, lo que ella quisiera. ¿Qué más pruebas necesita?

Unos golpecitos en el hombro me sacaron de mis ensoñaciones. Me di la vuelta, era Montse. Iba vestida descuidadamente, con ese aire de pereza de un domingo sin planes. Un simple pantalón de chándal gris claro, con tres rayas azules a cada lado de las perneras. La chaqueta, también gris claro, era grande y floja, y llevaba las manos metidas en los bolsillos a la altura del estómago. Un kleenex arrugado asomaba por la manga.

“Hola, Montse”! le dijo yo, mientras acariciaba a Homer, el Highlands Terrier blanco que la acompañaba a todos sitios. Qué tal se te está dando la mañana?

“Muy bien, me he bajado a pasear al perro y a hacer unos recadillos, me acompañas?”

Vaya, estaba muy guapa Montse esta mañana. Su aspecto desaliñado la hacía parecer simpática, despreocupada, divertida. Cada vez que sonreía se le hacían unas arruguillas en la nariz, y yo tenía que sonreir también. Me gustaba mucho oirla reñir a Homer cada vez que olisqueaba demasiado un árbol, o cuando salía a perseguir a algún niño que lo miraba con cara de miedo y haciendo pucheros.

“¡Homer! ¡Quieto! ¡Deja a ese niño, ven aquí!”, decía ella disimulando sus risas.

Mientras bajábamos las escaleras del parque, ella me preguntó qué tal me iba con su hermana. Pues mira, agobiado y harto de ella, pensé yo. Me asfixia, me hace dudar de mi mismo, y me siento totalmente inseguro, porque no soy capaz de demostrarle mi enorme amor, mi devoción, no logro hacerle ver que mi corazón está rendido a sus pies, que soy su ciego adorador.

"Muy bien", le dije yo.

Entonces ella alargó su mano y tocó mi antebrazo, apenas un pequeño gesto, una muestra de cariño, una ligera presión con dos dedos con la que ella me decía, estoy muy contenta de que os vaya bien. Ese simple roce provocó un escalofrío en mi espalda, y un agradable calorcillo subió hasta mis orejas. El resto del trayecto hasta la panadería caminé muy cerca de ella, rozándola de vez en cuando, haciéndome el distraído, mirando sus labios mientras ella me contaba cosas de su trabajo en el Instituto. Los dos estábamos riéndonos alegremente cuando entramos por la puerta de la panadería.

Primero pidió Montse. Media de candeal y una palmera de chocolate blanco. Me miró con una sonrisa traviesa que estaba diciendo "estoy siendo mala, ji ji ji".

Luego la panadera me miró directamente a los ojos, y me dijo, "¿Qué desea?". Que me sigas mirando con esos ojazos negros que son una promesa de pasión cálida, que te quites ese gorrito blanco absurdo y sueltes tu pelo negro y acaricies con él mi pecho. Que me des unos cruasanes y desayunarlos contigo mañana entre besos.

"Una baguette poco hecha y dos cruasanes", fue todo lo que dije.

Acompañé a Montse a su portal, y me despedí de ella con dos besos. Sus mejillas estaban coloradas y frescas. No hay que fiarse de marzo, le dije. Sus besos fueron cariñosos y cercanos, no pareció importarle mi barba después de dos días sin afeitar.

"Pasaos esta noche a cenar, voy a hacer lasaña"

"¡Claro!. No hagas postre, de eso me encargo yo", y le di otro beso.

Mientras caminaba hacia casa, con las manos en los bolsillos y mirando al suelo, iba pensando en lo que le diría a Nuria. Esta vez sí la iba a convencer. Tendría que estar segura de que la quiero, utilizaría las palabras más encendidas, las más rendidas hacia ella. Aunque a veces perdía el hilo de mis pensamientos pensando en Montse, en las corredoras, y en el pelo negro de la panadera."

Como véis, aunque dan ganas de odiar un poco a Montse, al final le he dado la razón :o)


La fe

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 5:43 pm

Este texto que os pego ahora es de Quim Monzó, y se titula "La fe", y forma parte del libro "El porqué de las cosas", editado por Anagrama. Podéis comprarlo aquí. Es el enunciado del ejercicio de esta semana. A mi me gusta mucho, porque responde a una realidad doblemente angustiosa, por un lado, ella vive sin lograr confiar en él, y él vive tratando de demostrar algo que no tendría que demostrar.

Si hay algún problema con los derechos de autor, comentario y lo quito rapidito. Ahí va.

"-Quizá es que no me quieres.
-Te quiero.
-¿Cómo lo sabes?
-No lo sé. Lo siento. Lo noto.
-¿Cómo puedes estar tan seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
-Te quiero porque eres diferente a todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría mi vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
Ella mueve la cabeza inquieta.
-¿Lo dices de verdad? Oh, Raül, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí… ¿De verdad me quieres?
-Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas. Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
-¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba tengo, real, de que me quieres? Tú dices que me quieres, sí. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
-Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podrían engañarte? Me decepcionas.
-¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
-Te quiero. ¿Me oyes bien? Te q u i e r o.
-Oh, «te quiero», «te quiero»… Es muy fácil decir «te quiero».
-¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
-No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
-Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
-No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. -Hace una pausa. Contempla a Raül y suspira-. Quizá sí tendría que creerte.
-¡Pues claro que tienes que creerme!
-Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo del fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que obres de mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
-Me aturdes.
-Perdona.
-Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con preguntas. Me hartas.
-Quizá es que no me quieres."

November 4, 2008


La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 3:15 pm

Esta vez, el objetivo del ejercicio era crear un personaje con una personalidad muy marcada, y darle voz, es decir, hablar con sus palabras, no con las mías. Naturalidad ante todo. Ahí va:

"Como cada mañana, Paco bajó las escaleras de su casa con toda la alegría que le permitía su oronda panza, haciendo girar en su mano derecha las llaves de su taxi. En cada recodo de la escalera, se agarraba al pasamanos para vencer la inercia, y el llavero verde y negro de Skoda rozaba la maderilla haciendo una pequeña muesca en el barniz. "Otro rozón, otro gran día para Paco el Taxista" - Pensaba alegremente, mientras se sacudía del bigote las últimas migas de magdalena con café con leche.

Allí estaba su taxi, flamante en la plazoleta con jardincitos que forman los cinco bloques idénticos a su casa, casi idénticos también al resto de bloques de su barrio de la periferia madrileña. Miró la presión de las ruedas, pero no dándoles una patada cerca del suelo como haríamos cualquiera. Él los tanteaba con dos dedos como podría haber hecho anoche con las caderas de su mujer. Eso si no se hubiera largado hacía seis años con el vendedor de repuestos de automoción de la tienda del bajo, claro.

"Estoy hasta las narices de ti y de la mierda de tu taxi, Paco, ahí os quedáis los dos, que te haga él la comida y te limpie la casa y aguante a tu madre", dijo la muy guarra cuando se fue dando un portazo que tembló toda la formica de la cocina.

Inspeccionó los bajos, por si los cabritos de los niños del barrio habían dejado chinchetas, no sería la primera vez. Le pasó la bayeta y el cristasol al parabrisas, acariciándolos casi, poniendo mucho cuidado en no dejar relejes, asegurándose de que quedaran limpísimos, aunque al hacerlo apoyaba su tripa en el capó, manchándose la camisa. Eso daba igual.

Abrió la puerta y se acomodó con cierta dificultad en el asiento de eskay negro, escurriéndose un poco en el tapiz de bolas, y arrancó. El motor diesel le sonó a gloria bendita, joder con estos checos, lo rojos de mierda que son, y lo bien que hacen los coches, pensó Paco metiendo primera.

En la radio, Jiménez Losantos escupía verdades como puños:

"¿Cómo es posible que nadie denuncie en la profesión el sectarismo de la gente del cine, de la supuesta cultura y de la literatura de aficionadillos juntapalabras?. Pues porque es lo típico de las dictaduras comunistas que a esta gentecilla tanto les complacen. Tienen montado un círculo amiguista que sólo vale para justificarse a sí mismos, sin darse cuenta de que están instalados en la cómoda burguesía contra la que dicen luchar".

"Así se habla, Federico, que se jodan esos vagos" - Dijo en voz alta Paco dándole una palmada al volante para subrayar sus palabras.

La jornada transcurrió muy tranquila; un par de carreras llevando a tipos trajeados al Aeropuerto, con los que tuvo interesantes conversaciones. A los dos les contó su teoría, y los dos estuvieron muy de acuerdo:

"¿Mire, quiere que le diga lo que yo pienso en realidad?"

"u-hu"

"En realidad todo esto de la crisis tiene una solución muy fácil. Es sólamente que en el mundo sobra gente, no hay dinero para todos. Sólo con meter en la cárcel a los parásitos y a los hombres que andan con otros hombres, todo funcionaría mucho mejor. Porque no me puede negar que eso es raro, ¿verdad?"

"u-hu".

"Joder, que yo les respeto mucho, que cada cual haga lo que quiera, pero no me joda que no es raro. A mi se me enciende la sangre cuando les veo de la mano por la calle, joder, como si fuera lo más normal. ¿A usted no se le revuelven las tripas?"

"mprhhf"

"Lo dicho, todo el mundo es libre para hacer lo que quiera, pero joder, en su casa, no delante de todo el mundo, que hay niños".

"buff"

También llevó a una señora cargada de bolsas desde Plaza España a Arapiles, y un chico en pantalones cortos con muletas tuvo la caradura de decirle que para ir desde Téllez a Legazpi fuera por el Planetario en vez de por el centro. Ese lo que quería era echarles un ojo a las putas. Pero con ellos no logró pegar la hebra, no le inspiraban confianza. Paco tenía un buen día y no quería que viniera cualquiera a jodérselo. Y encima no dejaron propina.

La noche llegó cuando estaba dejando a un chaval con ojos un poco perdidos en su casa del Barrio de Salamanca. Putos chavales de ahora, no beben más que guarradas, todo era mucho más normal antes. Ibas con los amigos al bar y echabas la tarde con las cartas, el dominó y el pacharán, no como ahora, que en media hora están que no se tienen de pie. Con esa música de mierda, bum, bum, que les ponen. Pues se ha llevado mal el cambio, así aprenderá que el mundo está lleno de listos y hay que estar despierto siempre.

"Calle Diego de León con Serrano, ¿algún compañero cerca?" - sonó la operadora del teletaxi con su voz nasal, monocorde y aburridísima.

"¡Kkj!" - Crujió la estática.

"¿Diego de León con Serrano? - Repitió sin dar tiempo a nadie a responder.

Paco dudó unos segundos entre irse a casa después de un día tan largo, o aprovechar para una última carrera. Alargó la mano, cogió el transmisor, y dijo:

"El 64".

Tras unos segundos de espera, la operadora anunció en el mismo tono que la vez anterior y que las mil veces anteriores:

"64, acuda a Diego de León con Serrano, el cliente no ha dado su nombre".

Mientras subía por Velázquez, iba imaginándose el resto del día; Llegaría a casa y se pondría a ver el partido en camiseta, las piernas estiradas, con una Mahou helada apoyada en el reposabrazos del sillón. Real Madrid - Goteborg. Se iban a enterar estos suecos. Este año fijo que la champions league se viene para el Bernabeu.

Cuando llegó al lugar acordado, encontró a un personaje curioso esperándole entre las sombras. Iba vestido con una larga gabardina de color tostado, que le llegaba por debajo de las rodillas. Los zapatos eran mocasines de traje, negros y lisos, muy clásicos. Relucientes. Llevaba las solapas de la gabardina subidas, en un gesto entre tímido y macarra, que no parecía ser muy acorde con su porte, y mucho menos con las mangas de la americana azul Bilbao que le llegaban más allá de las muñecas, casi hasta los pulgares. Se cubría la cabeza con un sombrero de fieltro gris, con dibujo de pata de gallo, el ala algo hundida para taparle la frente.

El misterioso desconocido se acercó a abrir la puerta del taxi. Cuando pasó por debajo de la farola que alumbraba la acera, Paco pudo ver en el retrovisor algunos detalles de su rostro. En concreto, unas gafitas de montura metálica ligera, y una cerrada barba entrecana que le resultaron muy familiares, y que seguían discordando con el aspecto a primera vista del individuo.

¿Sería posible que fuera él? El desconocido se parecía bastante a otra persona que Paco estaba harto de ver en la televisión, en carteles por la calle, e incluso en algún que otro mitin al que había ido en la plaza de toros de Vista Alegre. Qué coño, si hasta le había votado en las dos últimas elecciones generales…

El desconocido se acomodó en el asiento, en la penumbra del asiento de atrás, y dijo con un hilillo de voz…

"Buenash Nochesh".

Ahora sí que no cabía duda, era él, ese ligero deje al pronunciar las eses era inconfundible. Ahí mismito, detrás de la mampara, tenía al político que representaba su forma de pensar. Un poco amariconado últimamente, de acuerdo, pero es que con la mierda de la moderación y el talante y el diálogo este que se lleva últimamente, hay que representar un papel para sacarse votos. Pero en esencia, el auténtico caballero español que quiere llevar a nuestro país, que anda tan perdido, al sitio que le corresponde.

Justo cuando Paco estaba pensando la frase con la que aplaudiría su buen hacer en la oposición, el ya no tan desconocido dijo:

"Al club la Oshtra Azul, en Augushto Figueroa, en Chueca, por favor".

Las palabras se quedaron flotando en el aire mal ventilado del taxi. Parecían rebotar contra las ventanillas cerradas y contra la mampara, resonando una y otra vez en su mente. Paco se quedó con las manos en el volante, mirando por el retrovisor hacia la penumbra que envolvía a su pasajero. No conseguía reaccionar, y permaneció en esta misma postura durante algunos segundos, con las fosas de la nariz dilatadas y la boca entreabierta, como si le estuviera faltando el aire.

"¿Esh que no me ha entendido?"

"Por supuesto. Vamos allá".

Mientras conducía en la negra noche madrileña, sin luna y sin estrellas que iluminaran sus entendederas, Paco se hizo mil conjeturas. Tal vez va a alguno de los restaurantes modernillos de esos con lámparas colgando a medio metro de la mesa que hay en la misma calle. O quizá va a convencer a los clientes de que vuelvan al camino natural y se dejen de guarradas. O Igual se ha enterado de que hay una redada y quiere ir a aplaudir la labor policial mientras sacan a los degenerados a punta de porra.

La carrera, de apenas quince minutos, se le hizo eterna por el silencio denso que parecía hundirle en el asiento. Esta vez no hubo conversaciones de política, ni de toros, ni de fútbol, no pudo dar su solución a los problemas del mundo. Sólo las respiraciones de los dos hombres, que poco a poco se fueron acompasando para romper menos el silencio. Tanto silencio.

Al llegar al club, paró en un hueco libre que había justo en la puerta. Son 8 con 15, dijo Paco, con voz entrecortada. El desconocido le pagó con un billete de 10 y salió apresuradamente del taxi, sin esperar el cambio ni despedirse. Saludó al portero, y entró en el local.

Paco, muy despacio, quitó el contacto y apagó las luces de su taxi. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de lana para coger su cartera, la abrió, y cogió las fotos que llevaba en ella: la de la plantilla del Real Madrid del 65, la de Franco con su uniforme de general saludando a un diplomático, y la de sus dos hijas sonriendo felices en la playa, con los rascacielos de apartamentos de fondo. Despacio, muy despacio, abrió la guantera del taxi y metió dentro las fotos.

Salió del taxi, y cerró la puerta suavemente, tirando luego de la manilla para comprobar que el seguro había quedado puesto. Se acercó a la entrada de La Ostra Azul, saludó al portero, abrió la puerta y entró.

"Qué demonios. Tal vez no sea tan malo", le dijo Paco a los cortinones de la entrada. La pesada puerta con marco de terciopelo Burdeos se cerró a su espalda con un "floup" amortiguado."


Carmen

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 2:31 pm

El objetivo de este ejercicio era hacer concreto y "visible" lo abstracto. El lector se siente más cerca de conceptos sensoriales que de difíciles construcciones mentales. Nos dieron una serie de frases muy abstractas, había que escoger una y hacer un relato para que el lector las pudiera sentir en vez de intentar comprenderlas. La que yo escogí fue "No debes mentir si no puedes estar seguro de tu memoria". Y me salió esto. Os dejo con Carmen.

"Otra vez he vuelto a discutir con mi yerno. Que ya había tomado el postre. Qué tontería. Sé perfectamente que no he tomado el postre, si lo hubiera tomado me acordaría, no lo he tomado, seguro. Me quiere hacer creer que estoy loca. Encima, mi hija le da la razón, y yo me he enfadado y hemos discutido. Vamos hombre, faltaría más, a mis 75 años, decirme que ya había tomado el postre. Además eran canutillos de nata, los que más me gustan. Soy muy golosa.

Después de comer, como todos los días, he tomado el camino que va de la urbanización en la que vive mi hija al Centro de mayores, pero hoy ya iba enfadada y caminando deprisa, así que seguro que tardo menos.

Por cierto: ¿Qué hora es?. Las once y dos minutos. Voy bien.

Estas tres semanas que estoy pasando en casa de mi hija en San Sebastián se me están haciendo un poco largas. Me gusta la casita donde viven, en las afueras, es pequeña pero ellos están muy orgullosos de su piscinita. ¡Como si con el clima de esta ciudad pudiera uno bañarse cuando quisiera!. Por la mañana sale el sol y nos alegra el alma a todos, llenando los árboles y las plantas del jardín de luz y brillo. Pero a la hora siguiente se cubre el cielo de nubes grises y la tristeza nos invade. Invierno, verano, da igual.

¿Tres semanas llevo?. Bueno. Igual un poco más.

Yo donde más a gusto estoy es en mi casa de Lavapiés en Madrid, en la Calle del Calvario con Ministriles. Espero que la señora Asun me esté regando las plantas, como le pedí. El mismo día en que me iba me contó que su carbonería iba fatal, que igual cerraba, qué tontería, cómo va a cerrar, si su negocio lleva en el barrio de toda la vida. Sí, seguro que me está regando las plantas, la señora Asun siempre fue muy atenta conmigo. De pequeña, cuando se iba mi madre a trabajar en la fábrica de tapices de la calle Ciudad de Barcelona, ella me cuidaba y me hacía la comida en la trastienda de su carbonería. Cómo le sale el cocido. Y los callos. Todos los días bromeábamos en su cocina, ella torcía el gesto en uno de preocupación, y se le marcaban las arrugas de la frente, blancas como harina entre el hollín del carbón. "Carmencita, no sé con qué encender el fuego" y yo siempre le decía: "¿Voy a la carbonería de la Ronda a por carbón?". Y nos reíamos. Me gustan las bromas que se gastan todos los días, me hacen sentir segura y cerca de la gente.

¡Huy! ¿Qué hora es?. Las once y cuatro minutos. Voy bien.

La señora Asun se había quedado viuda joven, muy poco antes de que yo naciera, por eso me trataba casi como a una hija.

Pensándolo bien, creo que hace mucho que no veo carbón, ahora las cocinas llevan estos cristales rojos. A mi me gusta más el carbón, no entiendo cómo se puede cocinar sobre algo con aspecto tan frío y tan limpio, no me puedo imaginar mis inmensas perolas sobre un cristal haciendo chup chup toda la mañana y salpicando los fogones. Igual es verdad lo que dice la señora Asun y ha tenido que cerrar. Qué ganas tengo de verla, creo que dentro de unos días ya me podré volver a mi casa en Lavapiés, no sé por qué mi hija se empeña en que me quede con ellos algún tiempo más. La señora Asun debe estar harta de regarme las plantas. Qué vitalidad tiene esa señora, el último día que la vi saltaba para coger el cierre y bajar la puerta metálica de su carbonería.

Mi yerno insiste en que camine todos los días una hora, dice que el ejercicio físico me viene muy bien para lo mío. Yo le hago caso por no discutir. Si sabré yo qué es lo que me viene bien y lo que me viene mal. Además, son unos exagerados, se empeñan en acompañarme, pero yo les digo que me dejen en paz, que no soy ninguna carga. Ya no me dejan coger el autobús desde aquella vez que me despisté un poco. No entiendo cómo pasó, lo cogí después de desayunar, pues como todas las mañanas, y también como todas las mañanas, estaba yo pensando en mis cosas, y de repente miré por la ventana y no me sonaban las calles. Preferí esperar un rato más para ver si me orientaba, pero qué va. Me bajé del autobús y me senté en un banco a pensar dónde podía estar. Me distraje otra vez pensando en la vez que mezclé amoniaco con lejía para limpiar mi casa. ¡Qué susto pasé!. Me empecé a marear, y me parecía que la lengua no me cabía en la boca. Bajé corriendo donde la señora Asun, que se empeñó en meterme la cabeza en un barreño con agua. Qué pesada, todo lo soluciona con agua, parece mentira que alguien que tiene (porque la tiene todavía ¿verdad?) una carbonería puede estar tan obsesionada con el agua y con la limpieza.

¿Cuánto tiempo hace que esto pasó?. Tendría que fijarme más en las cosas, lo recuerdo como si fuera ayer pero han tenido que pasar ya muchos años.

Y todavía me estaba riendo acordándome yo de mi lengua hinchada sentada en el banco, cuando miré a mi alrededor y vi que ya era de noche. Qué cosas, qué despistada soy. En fin, me fui a una cabina a llamar a mi hija. Me costó bastante encontrar una, ¿dónde están todas las cabinas ahora?. ¡Si antes las había a puñados!. Marqué el número de teléfono, 91 4330304. Nadie lo cogió. Debía haberse bajado con la señora Asun. Pues sí que se preocupa bien por mi… ¡valiente ayuda!. Paré un taxi, pero  no atinaba a decirle la dirección al taxista, le iba a decir lo de Ministriles pero me sonó raro. ¿Lo de Ministriles está en San Sebastián?. El taxista me llevó a una comisaría. Al cabo de un rato llegaron mi hija y mi yerno con una cara de susto tremenda. Qué exagerados que son. Por un ratillo que había pasado fuera de casa. Me querían hacer creer que había salido del barrio y de la ciudad y había llegado a un pueblo cercano. Me hubiera dado cuenta.

Ya estoy llegando al Centro de mayores, ya me he dado mi paseíto diario. Hay un chico alto en la puerta. Con bata blanca. Se parece un poco al vecino del cuarto, el que trabajaba en una imprenta. Yo le saludaba mientras hacía esfuerzos para no soltar el pasamanos, casi no llegaba ni poniéndome de puntillas, me decía, hola, Carmencita. Él siempre llevaba la bata sucia de tinta. Era angustioso oirle subir todas las noches hasta el cuarto por las escaleras, yo creo que el olor de las máquinas le estaba haciendo daño en los pulmones. En mi casa no hay ascensor.

- ¡Hola, doña Carmen! ¿Qué tal ha pasado el fin de semana?

¡Qué simpático!. El chico de la puerta se acuerda de mi nombre. Y parece que ya está mejor de los pulmones.

Por cierto: ¿Qué hora es?"

November 3, 2008


Greguerías

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 2:57 pm

Dice de ellas la wikipedia que son textos breves o aforismos, generalmente de una sola frase, que expresan, de forma aguda y original, pensamientos filosóficos, humorísticos, pragmáticos, líricos, etc. Se considera que el género lo inventó Ramón Gómez de la Serna, que los define como humorismo + metáfora = greguería.

Algunos ejemplos típicos:

  • La morcilla es un chorizo lúgubre.
  • Lo que más le molesta a una ballena es que la llamen cetáceo.
  • Entre los carriles de la vía de un tren crecen flores suicidas.

Bueno. Pues ando en un curso de Escritura Creativa, y el primer ejercicio consistió en tratar de construir algunos de estos pequeños chispazos de ingenio. Yo hice lo que pude. A algunos no se les ve el humor por ningún lado, a otros no se les ve la metáfora, pero son mis niñas, no pienso desecharlas por ser incompletas. Ahí van las mías:

  • "Disculpe" - Dijo la gota de agua -. "Me ha confundido usted con mi cuñada y no nos parecemos en nada"
  • El pimiento se encontraba feo, y pensó, me haré unos retoquitos aquí y allá. Salió del quirófano convertido en un pimiento morrón.
  • Ella soñaba con mostrar a través de sus cristales un bello paisaje de espuma de mar golpeando afilados acantilados; sin embargo, le tuvo que tocar ser ventana de windows.
  • El folio en blanco es el océano en el que más me cuesta sumergirme.
  • El comecocos nunca se sintió completo hasta que le regalaron aquella cuña de queso.
  • Dicen que es mejor no obsesionarse si el pito no sube, pero yo no puedo dejar de mirarlo anhelante. Maldita olla exprés.
  • Estoy seguro de que el lápiz con goma de borrar en un extremo lo inventó un indeciso.
  • Cabizbajo, el flexo de la mesa de estudio siguió mirando apuntes mientras soñaba con atardeceres en la playa.

¿Se os ocurre a vosotros alguna?


Hola Mundo

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 12:34 pm

¿Por qué un nuevo blog?

¿Para dejarlo medio abandonado también?

Pues no. Estoy haciendo un curso de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores de Madrid, y tenía ganas de publicar mis relatos y mis ejercicios, para ir apreciando cómo crezco o cómo me estanco o cómo menguo en esto de juntar palabras. Por supuesto, serán muy bienvenidos los comentarios positivos, los negativos, los destructivos y los incendiarios.

También podría publicarlos en mis otros blogs, pero tengo pocos lectores y no quiero castigarlos con artículos cinco veces más largos de lo que están acostumbrados. Es que son gente muy ocupada y con poco tiempo de ocio, por eso me leen en horario laboral.

La cabecera me la ha hecho Hache (¡Más maja…!), que también tiene fotolog. El título está sacado de una canción de José Feliciano, pero a mi la versión que de verdad me llega es la de Los Rodríguez. Os dejo con ella. Gracias por leerme.


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