October 26, 2009


Getafe Negro

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 9:40 am

Estos dos micros que os pego ahora los escribí recientemente para un concurso, el "Getafe Negro", festival de novela policíaca de Madrid.

Las condiciones para presentar eran:

  • 150 palabras máximo
  • Temática "negra"; ya sabéis, policías, asesinatos y eso.
  • La primera frase del micro tenía que ser "La sangre sobre la nieve es más roja", porque esta edición era temática sobre Suecia.

Presentaron más de 1600, lógicamente no me llevé na (aquí puedes leer los ganadores), pero los dos micros que me salieron me gustan bastante; una de dos, o voy escribiendo mejor, o he perdido definitivamente mi capacidad autocrítica :o). Allá van.


La búsqueda

—La sangre sobre la nieve es más roja. Tenía que estar seguro, señor. En mayo comprobé que sobre el césped se dispersa y se filtra, y eso no me gustó nada. Después lo intenté en la playa, pero fue frustrante; resultó un barro parduzco y viscoso. Volví a probar ya en verano, entre las olas del mar. La sangre se diluyó rápidamente, pero pronto estuve rodeado de cangrejos y peces que mordisqueaban los restos de la chica. Sabía que estaba acercándome a la perfección, pero necesitaba una última prueba. Sobre la nieve ha sido distinto. Brilla con vida propia. Los borbotones salen lentos por el frío, acompasados, con cadencia de vals. La sangre cubre los diminutos cristales de nieve y los deshace sin perder su densidad ni enturbiar su color. Ha sido maravilloso, señor. He terminado mi búsqueda.

—Cabo, arreste a este malnacido y bájelo a los calabozos. Cuando acabe, llame a la prensa. Lo tenemos.


En perfecto estado

La sangre sobre la nieve es más roja. Fluye lentamente, formando un charco alrededor de Mauricio. Hace un segundo estaba aquí en el andamio, conmigo. Ahora está en el patio nevado, cinco pisos más abajo.Todavía lleva puesto el arnés, roto por tres sitios. He podido mirarle por última vez a los ojos mientras caía, intentando agarrarse desesperadamente al aire.

Voy a llamar a mi mujer. Tengo que contarle que nuestro amigo se ha resbalado en el hielo del andamio y se ha precipitado al vacío. No le contaré lo del arnés.

Prefiero darle la noticia yo. No se lo podrá creer, ayer mismo se vieron mientras yo doblaba turno. Se pondrá muy nerviosa. Tanto, que cogerá el coche para venir enseguida. Le darán igual la nieve y el hielo. Tiene unas cadenas nuevas, en perfecto estado.

En perfecto estado. Como el arnés.


October 15, 2009


La mejor compañera de viaje

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 9:49 am

Este micro lo escribí para un concurso de RENFE. No fue seleccionado y lo envié a otro… y tampoco. Así que ha llegado el momento de darle salida :o).

¡Pues a mi me gusta!

"Nos subimos a aquel tren llevando dos maletas.
 
En una había ciudades, nombres para niñas, susurros al oído y miles de amaneceres del futuro. Una bolsa sin cordel con besos de reserva y cajitas de caricias de todos los tamaños. Rellenamos los huecos con momentos tranquilos, algunos emocionantes y muchos apasionados.
 
La otra tenía un asa muy gastada e iba atada a mi mano. Dentro llevaba ladrillos para construir muros, almohadas con lágrimas secas, cerrojos y un caparazón.
 
Ella cortó la cuerda con palabras sin filo y vivimos el viaje sin preocuparnos el destino."

October 14, 2009


Que hable el aguacate

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 1:24 pm

Ejercicio de desbloqueo, "el binomio fantástico". Se trata de unir en un relato (dándoles papel central) dos palabras al azar, que no tengan mucho que ver. A mi me tocaron "aguacate" y "máquina de escribir".

El aguacate ha hablado. Espero que os guste su voz. Yo me lo pasé muy bien haciéndole hablar :o).

"Es duro ser un aguacate en este mundo lleno de prejuicios e incomprensión.
 
Dicen que nuestra piel es dura como el cuero, que no la traspasan ni las penas ni las alegrías de los demás. Que nunca se ha visto a un aguacate enternecerse ante un niño al que se le ha escapado un globo en el Retiro, que nunca un aguacate lloró en una boda, ni comentó lo guapísima que estaba la novia.
 
Dicen que nuestro corazón es duro como la madera.
 
La gente no conoce la verdad. Los aguacates no somos insensibles. Nos ponemos tristes cuando el frutero coge a nuestro compañero de cesta, que es mayor y está arrugado y oscuro, y lo tira a la basura junto a la apestosa chusma que son las patatas podridas y las cebollas rancias. Sufrimos por el colega que acaba hecho daditos en una ensalada, o por el que está aterrorizado en un plato rodeado de gambas, que parecen marcianos de ojos saltones.
 
¡Si por lo menos fuéramos más expresivos! Es difícil llorar cuando no tienes ojos y reír cuando no tienes boca. No vemos, no hablamos, somos incapaces de sacar a pasear el dedo corazón cuando estamos cabreados. Nuestra única posibilidad es mover ligeramente el rabito, pero nadie nos entiende.
 
Pero todo eso va a cambiar gracias a mí, porque yo soy el primer aguacate de la siguiente generación. Soy el Elegido. Os lo voy a contar.
 
Estaba una mañana en la cesta de las frutas, pensando en mis cosas de aguacate, ya sabéis, ácidos oleicos y eso, cuando noté en mi piel rugosa que Hernán estaba en la cocina y me había agarrado. Me levantó en vilo, y sentí como caminaba por el pasillo balanceándome en la mano, sin ningún respeto. Eso marea. Yo ya estoy casi maduro y mi carne es tierna, y él estaba apretándome sin ninguna delicadeza. Me molestó bastante. Fue tal mi indignación, que sentí un calor insoportable que salía de mi duro corazón. Este calor hizo que cada partícula de mi cuerpo empezara a rebullirse, a agitarse, a cambiar. Los espíritus de los millones de aguacates que vinieron antes que yo, que fueron necesarios para crearme, se agitaban en mi ADN. Todos ellos murieron y se les recordó solo por su colesterol bueno. Esos siglos de injusticias estaban haciendo cambiar mi cuerpo. A través de los poros de mi piel empecé a percibir algo. Claridad. Luz. Podía ver. Quemaba tanto, que me desmayé.
 
No sé cuánto tiempo estuve desmayado, pero sospecho que muy poco. Cuando me desperté, estaba encima de la máquina de escribir de Hernán, en su estudio de escritor. Miré a mi alrededor, y pude ver con mis nuevos ojos un plato con un tomate, una aceitera grasienta y una copa de vino. Por la puerta entraba Hernán. Lo vi muy distinto a como me lo había imaginado. Era gordo y llevaba una camiseta amarilla con una camisa de cuadros sin abrochar por encima. No se había afeitado en bastante tiempo. Tenía pelo en los nudillos, y lo que es peor… se acercaba hacia mí con un cuchillo en la mano, la punta en ristre, brillando amenazador.
 
Supe que era mi fin. Acercó su mano hacia mí, y entonces, instintivamente… cambié la distribución de la carne de mi cuerpo. Puse mi peso a la izquierda. En otras palabras… rodé.
 
Caí sobre el teclado de la máquina de escribir. Sonó un chasquido, y varios martilletes saltaron como flechas hacia el papel.
 
GHBVY
 
Me quedé tan sorprendido de mi movimiento como Hernán, que tenía la mano extendida, tanteando el espacio que yo ocupaba un segundo antes. Los ojos abiertos y redondos, la mandíbula descolgada, las cejas formando un arco apuntado. Vi que se rascaba una oreja para volver a la realidad, y volvió a acercar la mano hacia mí.
 
Pero yo ya sabía lo que tenía que hacer. Había quedado posado sobre la B, así que tenía a mi alcance, con solo girarme, las dos filas superiores del teclado. Con sumo cuidado, girando sobre mi culo y pulsando las teclas con el rabito, escribí:
 
EH TU
 
Hernán no pudo leerlo. Antes de que pulsara la H ya había salido corriendo de la habitación. Supe que tenía tiempo para escribir mi mensaje. Me puse rabitos a la obra, con mucha paciencia, buscando cada tecla.
 
Al cabo de un rato, Hernán se asomó despacio por la puerta. Primero vi su frente, después sus cejas, y por fin sus ojos. Así se quedó asomado, mirándome unos segundos. Yo le hice señas con el rabito para que se acercara.
 
Entró en el estudio, encorvado y cauteloso. Llevaba la escoba en la mano y me apuntaba con el gancho de plástico del extremo. Le señalé lo que había escrito en el papel.
 
EH TU HERNAN NO TENGAS MIEDO. SOLO SOY UN AGUACATE. TENEMOS MUCHO DE QUE HABLAR.
 
Hernán se relajó un poco, y bajó el palo. Acercó una silla al escritorio y me miró fíjamente. Cuando iba a decir algo reparó en la copa de vino que se había traído para la cena. Se la bebió de dos tragos, e inspiró profundamente antes de hablar.
 
—¿Qué coño eres?— Una gota de vino resbaló hasta su barbilla dejando un rastro morado.
 
Hernán pude tener muchos defectos, pero es paciente y sabe escuchar a las personas. Y ahora sé que a los aguacates también. No me quitó ojo mientras yo escribía.
 
TE ENTIENDO HERNAN. ESTAS ASUSTADO. PIENSAS QUE TANTO VINO TE HA HECHO DAÑO PARA SIEMPRE. PERO NO. SOY REAL. TAMBIEN ESTAS PENSANDO EN COMO SACAR DINERO DE TODO ESTO.
 
—Venga no me jodas, aguacate. ¿Qué puedes saber tú de mí? ¿Qué saben los aguacates de las personas?
 
ME ALEGRÉ MUCHO LA SEMANA PASADA CON TU PREMIO DEL CONCURSO DE MICROS. ME EMOCIONÉ CUANDO LLAMASTE A TU MADRE PARA CONTÁRSELO. TE DESEÉ MUCHA SUERTE CUANDO TE APLASTASTE EL PELO CON COLONIA PARA LA ENTREGA. LOS AGUACATES NOS DAMOS CUENTA DE MUCHAS COSAS.
 
Hernán lo leyó varias veces y sacudió la cabeza al terminar.
 
—Joder, aguacate. Si te digo la verdad, estoy esperando que se me pase este cuelgue chungo que me ha dado. No sé qué hago hablando contigo.
 
ESE ES VUESTRO PROBLEMA. OS CREEIS TAN ESPECIALES QUE NO MIRAIS A VUESTRO ALREDEDOR, FUERA DE VOSOTROS. LOS AGUACATES TENEMOS SENTIMIENTOS.
 
Al leer esto, Hernán se estremeció ligeramente y yo sentí que mi misión empezaba a cumplirse.. Sin decir palabra, se levantó y se fue. Volvió con una botella grande de agua y un vaso, ahuecó el cojín de la silla, y se sentó muy cerca de mí.
 
—Cuéntame más cosas, aguacate.
 
Así pasamos toda la noche. Yo le conté a Hernán toda mi vida, desde que me recogió un temporero canario con las manos llenas de callos y la camisa empapada de sudor, hasta el momento más feliz de mi vida: cuando él mismo me escogió entre todos los aguacates de la cesta de la frutería del Mercadona. No paraba de preguntar y se sorprendía con mis respuestas.
 
Cuando empezaba a hacerse de día y ya se oía el tráfico en la calle, Hernán, que no había bostezado ni una sola vez, me preguntó:
 
—¿Y qué vamos a hacer ahora, aguacate?
 
Lo pensé un poco antes de empezar a teclear. Pero luego ya no dudé.
 
HE VENIDO A CAMBIAR LAS COSAS Y TIENES QUE AYUDARME. LLEVAME AL ORDENADOR. EL MUNDO SABRÁ LO QUE LOS AGUACATES SENTIMOS. VAMOS A ABRIR UN BLOG.
 
 
****************
 
Ese fue el principio de mi historia, quería que supierais cómo empezó todo. El resto ya lo habéis leído cada día. Ha sido una semana maravillosa. Primero, la entrevista en la tele con José María Íñigo, que miraba alucinado cómo tecleaba en mi máquina de escribir. Después os he ido abriendo mi corazón en este blog. He escrito todo lo que he sentido en mi vida. Alegrías, penas, decepciones. Miedo, euforia, esperanza. En solo una semana he conseguido muchos lectores, y me habéis animado mucho con vuestros comentarios.
 
Lo he dado todo, pero mis fuerzas se agotan. Mi carne está regrenida, y por algunos lados empieza a asomarme moho. Casi no puedo moverme, mis fibras ya no responden, y apenas puedo escribir. Mi rabito se dobla, sin fuerzas para pulsar las teclas.
 
Hernán ha escogido un sitio estupendo para mí. A la orilla de un río, en una zona templada. Mientras cavaba un agujero no muy profundo, con lágrimas en los ojos me ha prometido comprar cien máquinas de escribir, una para cada uno de los aguacates que recoja de mi árbol."

October 7, 2009


Me gusta / no me gusta

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 9:39 am

Vuelta al tajo. He escrito algo este verano, unos cuantos micros, un relatito corto… pero es que como los mando a concursos, no los puedo publicar. Es decir, solo publico los que no voy a enviar a concursos: Los malos. Qué bien, me gusta que mi blog sea un compendio de malos relatos. Así os pillarán más por sorpresa mis futuros éxitos :o).

Bueno, pues ayer comencé el curso "Relato breve: Iniciación". Para que nos entendamos, ayer empecé 2º de juntapalabras. El primer ejercicio fue de desbloqueo y trataba de escribir en 15 minutos una lista de cosas que te gustan o no te gustan, poniendo sobre todo mucha atención en que fueran imágenes concretas y sensoriales. "No me gusta que mi novio me observe mientras me pinto las uñas de rosa palo" <– Bien. "No me gusta que mi novio invada mi intimidad" <– Mal.

Aquí va mi texto. Este soy yo.

"Me gustan las gaviotas volando entre el tráfico de las grandes ciudades. Me recuerdan que estoy muy cerca del mar aunque no pueda verlo.

Me gusta despilfarrar el gel cuando me ducho.

Me gustan mucho las higueras, porque siempre las huelo antes de verlas.

Me gusta el olor de mi casa, aunque sea el del barniz del parqué y el del repelente para gatos que le echo al sillón.

Me gusta beber té frío a grandes tragos cuando vengo de hacer deporte hasta que me duele detrás de los ojos y encima de la nariz.

Me gusta sentir las orejas templadas porque el libro que estoy leyendo me ha emocionado; Y cuando más me gusta esta sensación es cuando voy en el bus, rodeado de gente que solo lucha porque respeten su espacio. Me gusta reconocerles las caras cada mañana y tratar de adivinar sus historias.

Me gusta mirar a mis amigos cuando no me ven, porque sus gestos dicen siempre mucho más que sus palabras.

Me gusta ponerme un cojín en el estómago cuando estoy sentado en un sillón; tal vez en mi casa me quitaron los peluches demasiado pronto.

Me gusta el aire frío que te golpea la cara al salir del metro en invierno, pero no me gusta nada ese mismo aire frío cuando entro a la oficina en verano."

May 12, 2009


Redacción periodística, o algo así

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 8:23 am

Esta vez hemos intentado aprender estilo periodístico. El ejercicio consistía en redactar la crónica de un homicidio, pero para rebajar un poco la intensidad, se valoraría algo de humor. Mi texto está plagado de gracias demasiado locales a la escuela y a nuestra clase, así que si no os hace gracia… pues normal.

Asesinato múltiple en Madrid.

Un portero de finca desequilibrado asesina a doce aprendices de escritor y a su profesora, a sangre fría y con extrema crueldad. Sucedió en la calle Ventura Rodríguez en el madrileño barrio de Moncloa, el pasado lunes a las 22:00. Toda la comunidad literaria llora la gran pérdida.

Los cadáveres irreconocibles y parcialmente derretidos fueron encontrados por Eufemia, la encargada de la limpieza de la Escuela de Escritores. Abrió la puerta del piso a las 9 de la mañana, como cada día. "Me vino un fuerte olor a carne cocida, y había un armario bloqueando la puerta de la clase", manifestó cuando fue entrevistada por este periódico.

Al parecer, Antonio Fernández, portero de la finca desde hacía más de 30 años, llevaba algunos meses maquinando su crimen perfecto contra el grupo de Escritura Creativa. El lunes llegó su oportunidad. El otro grupo que recibía clase a la misma hora, el de Novela, bajó al Cáscaras, un bar algunos números más arriba en la calle, para tener más a mano su fuente de inspiración. Antonio, previamente, había puesto un candado en la ventana del aula, y esa noche bloqueó la puerta por fuera con un armario lleno de libros, imposibilitando la huida a las víctimas. Acto seguido, bajó a la caldera del edificio, y con gran frialdad, subió al máximo la potencia de la calefacción. Nótese la fina ironía.

El desdichado grupo sudó hasta la muerte por deshidratación, lo que ha dificultado el levantamiento de los cadáveres, que han tenido que ser transportados en contenedores para semisólidos.

El cuerpo de Eva Juanola no ha podido ser recuperado. Al ser la más próxima al radiador, se sospecha que se derritió completamente, y ahora yace filtrada entre las vigas de madera del edificio.

Interrogado por el móvil del homicidio, el portero sólo fue capaz de articular incoherencias. "Los malditos me daban las buenas noches siempre que pasaban… ¡cómo les odiaba!. Algunas veces dejaban la puerta de las escaleras cerrada y otras veces abierta, para provocarme. Bajaban riéndose. Algunos se encendían el cigarro antes de salir del portal. Incluso había una alumna que todas las noches me decía, ‘¡buenos días, Panocha!’, y nunca supe por qué".

La policía interrogó a varias personas que conocían al asesino, y sus declaraciones se han hecho públicas.
"Era un tipo muy raro. Murmuraba entre dientes cada vez que yo pasaba por delante", declaró Trini, una vecina del inmueble.
"Nunca me fié de él. Se quitaba la roña de las uñas con un cuchillo jamonero",  manifestó Roberto, el cartero del distrito.
"A mí siempre me ha parecido un tipo muy simpático y muy normal. Y me lo sigue pareciendo", Fueron las declaraciones de Enrique, ex-alumno de la clase.

Antonio Fernández ha sido recluido en el Sanatorio para Enfermos Mentales del Doctor León y está en espera de que comience el juicio.El funeral conjunto se celebrará en los próximos días.

A modo de homenaje se leerán los epitafios que los mismos alumnos escribieron para sí mismos durante su larga agonía, tal como les pidió su profesora Clara Relato Redondo. La Escuela de Escritores estudia la publicación de los textos, que serán presentados en la próxima edición de la Feria del Libro de Madrid.

April 28, 2009


Agreste y dulzón

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 11:49 am

bosqueEsta vez había que inventarse y escribir un relato en torno a un secreto de familia. Pero como el tema nos parecía un poco ligero, y porque somos unos jachondos, decidimos sin que se enterara la profe que además, tenía que ser erótico.

Como resultado, y por primera vez en todo el curso, todos escribimos. Como pa no… si no escribías es que no tenías ni idea de erotismo, y eso es algo que el resto de la clase no debe sospechar.

Ahí va mi relato. De erótico tiene lo justo, pero estoy razonablemente satisfecho con él, así que… tratadlo con cariño, que además, ha sido mi primera vez :o).

Maldigo el día en que conocí a Armando. Es feo, de piernas flacas y pecho frágil de gorrión. Tiene la nariz ganchuda, y sus labios son finos y pálidos, en un gesto siempre obstinado. Los hombros escurridos, el pelo ralo, y las orejas picudas de lince, de búho… o de hiena. Pero tiene algo que lo hace irresistible. Todos los días me pregunto qué es. 

Recuerdo el día en que le vi por primera vez. Soy azafata de congresos, y en aquel momento estaba trabajando en una feria de productos de farmacia. Me tocaba explicar las bondades de los productos de una gran empresa, repartir tarjetas con contactos comerciales, y regalar bolis, calendarios, cojines con forma de píldora azul y blanca, y otras chucherías con el logo. Era el día grande, así que ya llevaba en el escote y en las medias las miradas mal disimuladas de un buen número de tipejos, de esas que se pegan como babosas. Cuesta un par de duchas quitarlas para volver a sentirse limpia. 

Armando me vio desde lejos, y se vino directamente hacia mi, mirándome a los ojos desde el otro extremo del pabellón. 

—Hola, guapa. 

—Buenos días, señor— Respondí yo, tragándome una respuesta a su "guapa"—¿Desea conocer las líneas de desarrollo de nuevos productos que Lilly Pharmaceuticals está siguiendo a día de hoy? 

—Sí, preciosa. He oído que tenéis algo nuevo para la diabetes de tipo 2, ¿verdad? 

—Así es, señor. Nuestro nuevo medicamento se llama Competact, y está indicado para pacientes con sobrepeso que no tienen un buen control glucémico con metformina sola. Si desea más información, le puedo dar el correo electrónico del comercial del producto— Recité sin salirme una coma del guión.  

Él se inclinó sobre el mostrador para hablarme en voz baja. Yo me acerqué lo justo para no parecer descortés. Noté cómo me olisqueaba antes de hablarme.  

—En realidad, me da igual el Competact. Lo que quiero es que me acompañes al baño, porque me apetece quitarte las medias, subirte la falda, y hacértelo de pie, apoyada contra la pared. 

Intenté decir algo, pero no me salieron las palabras. Noté cómo se me iba el color de la cara, y me apoyé en la mesa para que no me vacilaran las rodillas. 

—Lárgate, cerdo— dije en voz baja, sin mover apenas los labios, sujetando la mano entre la pierna y el mostrador para no lanzarle una bofetada. 

—Muy bien, encanto. Mañana te lo volveré a pedir. A ver qué me dices entonces— Dijo él, con una odiosa sonrisilla de suficiencia en la cara. 

 Y sencillamente, se dio la vuelta y se fue. 

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me quedé tumbada en la cama, con los ojos abiertos mirando al techo, dudando si levantarme o hacerme la enferma por si se volvía a presentar aquel tipo repugnante. Pero el recuerdo de mi voraz hipoteca pudo más, y finalmente fui al congreso, aunque me puse una camiseta blanca debajo del traje de chaqueta para ir confortablemente tapada. 

Después de unas tres horas atendiendo a gente, le volví a ver. Esta vez fue muy distinto. De lejos, era el mismo tipo desgarbado y desagradable del día anterior. Pero cuando se fue acercando, con el mismo paso decidido de la otra vez, empecé a notar cosas distintas. Su piel brillaba, y tenía un aspecto suave y cálido. Me froté las manos, ansiosa por probar esa suavidad. Sus piernas parecían más fuertes, su torso y sus hombros, más anchos y proporcionados. Puso la mano en el mostrador, y solo dijo: 

—Hola. Seguro que te acuerdas de mi. ¿Hoy sí vienes conmigo al baño? 

Su voz me rodeó y se quedó flotando a mi alrededor. Sentí que sus palabras acariciaban el vello erizado de mis piernas. Esta vez sí me flojearon las rodillas. 

Pero lo más impactante fue su olor. Salvaje y dulzón, a bosque húmedo y oscuro, a tierra mojada. A animal enjaulado que ruge tras los barrotes. Penetró en mis pulmones y caló bajo mi piel, saturó mi sangre y me empañó la vista. 

Un calor insoportable ardía en el centro mismo de mi cuerpo y se extendía por mis muslos, por mi vientre y por mi pecho. Necesitaba sentir la carne de ese hombre apretándose contra la mía. Sin pensar lo que estaba haciendo, salí del mostrador y me acerqué al baño de hombres sin mirar hacia atrás, con las piernas temblorosas. 

Estaba vacío. Cuando él entró, corrió el cerrojo y se acercó. No le dejé hablar. Me senté en la repisa de mármol de los lavabos, encima de las toallas de manos. Me bajé las medias y las bragas, y me subí la falda a tirones. Él ya se había desabrochado la cremallera, y me agarraba y recorría mi espalda con las manos, que de pronto parecían firmes y seguras. Yo le atraje y abracé su cintura con las piernas. Cuando estuvo dentro de mi se empezó a tranquilizar mi ardor, el estremecimiento de todo mi cuerpo se fue calmando poco a poco, y en retazos de lucidez fui siendo consciente de qué había hecho. Cuando se agitó con los últimos estertores de su orgasmo, yo me sentía extraña en mi propio cuerpo. 

No solo había sentido un deseo más profundo y animal que nunca; Además, lo había satisfecho con un desconocido, jugándome el trabajo y la integridad. Le había dado mi dirección y número de teléfono sin pensármelo en cuanto me los pidió, porque dijo que íbamos a repetir. Así, sin más, con la misma seguridad con que me había hablado la primera vez. 

Me juré a mi misma nunca más ver a ese hombre. Me sentía confundida y humillada por cómo había perdido el control de mi propio cuerpo. Así que cuando pasados unos días me llamó, no se lo cogí. Insistió un par de veces a distintas horas, pero nunca respondí al teléfono. 

Al cabo de algunas semanas, yo consideraba ya zanjado el asunto. Estaba en casa, tumbada en mi sofá, en pijama, viendo cualquier cosa en la tele, cuando de pronto llegó a mi muy lejano y liviano el olor a animal salvaje que había notado en el Congreso cuando se acercó Armando. Empecé a sentir el mismo calor en la piel y en las bragas. Fui a gatas despacio, rastreando el olor, y llegué a la puerta de la casa. Me incorporé y luché contra el deseo de abrir la puerta, porque ya sabía lo que me encontraría al otro lado. Pero la atracción era demasiado fuerte, y me vi abriendo la puerta con tanta ansia, que olvidé quitar la cadena, que hizo tope con un golpe seco. 

Por la rendija pude ver a Armando. Tenía el mismo aspecto desastrado y poco deseable del congreso, con una camisa marrón claro raída, los faldones colgando flojos en los costados, los cuellos gastados y los colores desvaídos. Su olor me rodeó. Cerré la puerta, descorrí la cadena, y volví a abrirla. Le dejé pasar, y me rendí de nuevo a él con el mismo abandono y la misma furia que en la otra ocasión. 

Todavía no he conseguido saber qué me pasa. Cuando estoy a su lado, pierdo completamente la voluntad. No puedo negarme a nada. Cuando se va, recupero la razón, y deseo que no venga nunca más. Además he descubierto que me atraen de la misma forma inconsciente su abuelo, su padre y sus hermanos. Un día les conocí en el laboratorio químico en el que trabajan todos y tuve que salir corriendo a la calle para no humillarme y suplicarles que me follaran por turnos entre probetas y tubos de ensayo. Sus parejas son chicas jóvenes que, como yo, podrían tener al hombre que quisieran. Cuando estamos solas, no nos explicamos qué hacemos con esos engendros anodinos. Cuando están delante, el deseo es demasiado fuerte y ni nos lo planteamos. 

Pero esto va a cambiar, por fin. Llevo dos semanas viéndole sin desearle lo más mínimo. Ahora solo me da asco. Tengo ya hecha la maleta y voy a huir lejos, muy lejos, donde él no pueda encontrarme. Me largo en cuanto me encuentre algo mejor de este maldito catarro que no se me va.

April 15, 2009


Aguacates rellenos

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 12:40 pm

El sol pegaba de pleno a aquellas horas en la piscina de la urbanización. Matías estaba sentado en su silla de plástico rojo, con los pies apoyados encima de la mesa para alejarlos lo más posible del hormigón, que también sudaba el calor de la hora de comer. De vez en cuando cambiaba de posición para seguir el resguardo de la sombrilla.

Levantó la mirada de las recetas de la revista que estaba hojeando por puro aburrimiento y comprobó que todo seguía en orden en la piscina. El agua estaba muy quieta, y no había nadie bañándose. Sólo se veía a una mujer tomando el duro sol de las 3 de la tarde. Estaba tumbada boca abajo, y aún con la piscina de por medio, a Matías le llegaba apagado y metálico el sonido de sus auriculares. Volvió a adormecerse mirando la receta de los aguacates rellenos de gambas que había dejado a medias.

Un pelotazo en la nuca le quitó la modorra bruscamente. Se revolvió para darse la vuelta, pero tenía el cuerpo adormecido y pegado a la silla por el sudor. Giró la cabeza y vio a Julio, con la raqueta asomando en la bolsa, y todavía con la mano con que le había tirado la pelota entre los hierros de la verja.

— ¡Matías! ¿Sales esta noche?

—Joder Julio, ¿de qué vas? No, me quedo en casa viendo la Teletienda, no te jode… ¿Dónde vais a estar?

—Hemos quedado debajo de tu casa, en el Doñana. ¿A qué hora acabasteis ayer?

—Tarde, anda lárgate, déjame trabajar, luego te veo.

El teléfono de Matías comenzó a sonar. La vibración contra el plástico de la mesa le sonó a chicharra, y lo cogió con un gesto de fastidio. En la pantalla parpadeaban un nombre y una foto. "Nuria Caribú". La foto estaba tomada en un bar, el Caribú, y Nuria salía muy de cerca, sonriendo. Su cara estaba demasiado iluminada y sin matices por el flash y brindaba a la cámara con un vaso de tubo que sujetaba con dos dedos. El resto del bar quedaba a oscuras.

"La plasta esta"- susurró Matías, y dejó que el teléfono sonara sin responder la llamada. Volvió a mirar a la mujer, que no había oído nada. La conocía bien, siempre había estado allí. Adela.

Matías la recordó en el día que llegó a la piscina, hace ya mucho tiempo, cuando él era un muchacho de dieciséis años en su primer día de trabajo. Ya estaban allí Adela y sus tres hijos. Matías se sentó en la silla con los hombros hundidos por el peso de la responsabilidad, y no quitó la vista de los bañistas en toda la mañana, hasta que Carla, la hija mayor, se sentó a comer pipas a su lado mientras se hacía una coleta con su pelo mojado.

—Hola ¿cómo te llamas?

—Matías. ¿Y tú?—- Dijo él sin apartar la mirada del agua.

—Carla. ¿Quieres pipas?

En ese momento, su hermanito pequeño se acercó y les salpicó agua de la ducha y salió corriendo hacia su madre, gritando y riéndose.

— ¡Vete a la mierda, enano!

—Jaaaaaime, ven, deja a tu hermana, anda— le llamó Adela, mientras jugaba al ajedrez pacientemente con su otro hijo, Marcos, que estaba tapado con una toalla y tiritaba ligeramente.

Cuando se empezaba a ir el sol, los cuatro se subían a casa, y Matías todavía podía verles por la ventana de la cocina. Los niños estaban en la mesa haciendo los deberes de verano, y Adela dejaba los fogones para echarles una mano de vez en cuando. Muchos días acababan los cuatro en pelea o tirándose al vaso las migas de pan de la cena. Adela les reprendía, pero no podía evitar una sonrisilla en los labios.

Carla habló mucho con Matías aquel verano. En los días más calurosos de agosto, ella le bajaba de su casa una coca cola con hielos a media tarde, y le miraba mientras se la bebía. Él apenas quitaba la vista de la piscina.

El verano siguiente, el administrador de la comunidad volvió a contratar a Matías, y Carla le regaló un bañador rojo y un salvavidas como los de David Hasselhoff en "los vigilantes de la playa". En septiembre, cuando cerró la piscina y todo el vecindario volvió a su rutina otoñal, los dos se fueron de acampada junto con sus amigos a un festival de rock independiente en la costa.

En ese momento Adela se incorporó, sacando a Matías de sus recuerdos. La estaba alcanzando la sombra de los edificios que rodeaban la piscina. Arrastró la toalla unos metros, y miró hacia el sol para orientarla correctamente. Se recolocó el bikini. Echó vistazo a su teléfono, comprobó que no tenía ninguna llamada perdida y limpió la pantalla con el pulgar para ver la cobertura. Miró hacia el portal de la urbanización para ver si bajaba algún vecino en el ascensor con el que pegar la hebra. Nadie.

El verano siguiente al festival de la costa, Carla ya no estaba. Se había ido a estudiar a Madrid, y Matías no supo nada más de ella. Marcos se fue a los Estados Unidos con una beca tres años después. Jaime se estaba convirtiendo en un muchacho fuerte y atlético, y se pasaba las mañanas enteras nadando en la piscina. Adelante, atrás, adelante, atrás. Cuando salía de la piscina, Adela le secaba y le daba un bocadillo y él se sentaba en el césped a comerlo con ella, resignado y aburrido.

Jaime también se marchó el año siguiente. Adela les contó a Matías y a la chica con la que estuvo aquel verano, que había entrado en un centro deportivo de alto rendimiento, y que su ilusión era fichar por un equipo catalán de waterpolo. A ella también se le notaba un brillo en la mirada al contarlo.

Desde aquel último verano, Adela se pasaba todo el día tumbada en la piscina. A veces bajaba con sudokus que nunca tenía paciencia para terminar o leía o ayudaba a los hijos de los vecinos a inflar sus manguitos y a aprender a nadar.

Ya no hacía tanto calor, así que Matías se dio crema protectora y se tumbó al sol. Se abrió la puerta de una casa y salió una pareja con dos niños equipados todos con tumbonas, toallas, unas palas y una pelota. Se sentaron en otra esquina de la piscina y Adela se levantó, cogió su toalla y se sentó con ellos. Estuvieron charlando toda la tarde, y cuando el sol empezaba a caer, subió a su casa a por unas latas de cerveza y unas bolsas de patatas para seguir un rato más. Al subir a su casa, ya con un pie dentro del portal, Adela se despidió de él:

— ¡Hasta mañana Matías, aprovecha tu verano y tus noches, pásatelo bien!

Cuando estaba recogiendo sus cosas para irse, tuvo tiempo de echar una última mirada a la ventana de la cocina de Adela. Estaba sentada en la mesa, con la luz apagada. Veía las noticias en una televisión diminuta. La luz se proyectaba azulada y cambiante sobre su cara. Su gesto no cambió cuando acabaron las noticias y empezaron los anuncios.

Matías llegó a su casa y encendió su propia televisión, aunque no pensaba atenderla. Empezó a prepararse para bajar al Doñana donde le esperaban Julio y los demás. Se duchó despacio. Al salir, pasó la mano por el espejo empañado para afeitarse. Se miró detenidamente los ojos, donde se le empezaban a formar algunas arrugas, poca cosa. Se pasó la máquina de depilar por los hombros. Intentó pasársela también por la espalda, pero quedaron cercos de pelo fino y oscuro allá donde no le llegaba el brazo.

Se sentó en su sillón cubierto solo con la toalla, mojando los cojines del respaldo. Por la ventana abierta entraba el ruido de la terraza del Doñana, risas exageradas, y la música machacona del correspondiente éxito de Georgie Dann para ese año. Matías cogió el teléfono, y escribió un mensaje.

- Para: Nuria Caribú

- Texto: "¿Te apetece cena para dos? Los aguacates rellenos de gambas los bordo".

April 1, 2009


De casta no le viene a Roble

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 4:09 pm

Esta semana nos han tratado de enseñar "lenguaje teatral". El ejercicio trataba de escribir una escena entre un adolescente que quiere algo y sus padres. No creo que mi sainetillo valga un duro, pero… Me he divertido bastante escribiéndolo :o)

Para Amaya, que hoy me ha dicho que su abuela fue hippie.. ¡Uf, qué duro debió ser!

Se abre el telón. El decorado es una sala de estar con posters de Pink Floyd, pufs en vez de sillones, y una jarapa multicolor con el símbolo de la paz en el suelo. En la mesita en la que debería estar la televisión hay una lámpara de lava color malva funcionando. La luz es muy tenue. Las persianas están bajadas, pero entra algo de luz del final de la tarde por los resquicios. En un tocadiscos suena "Me and Bobby Mc Gee", de Janis Joplin, ligeramente distorsionada por el vinilo.

Dos personas de unos cuarenta y cinco años están recostadas en uno de los pufs. Él tiene el pelo entrecano recogido en una coleta y viste un pantalón de tela descolorido, camiseta rosa clara y chaleco de pana gris. Ella, un vestido largo y suelto que pasa del morado al violeta y al lila. Dan largas caladas a un cigarro liado que sujetan con unas pinzas de depilar, dejan que el humo salga denso y despacio de sus bocas, y ríen de forma algo bobalicona.

Se abre la puerta de la casa. Entra un adolescente alto, engominado con raya a un lado, vestido con pantalones beis de pinzas y un polo de marca. Cuelga su jersey verde claro con cuello de pico en un perchero y entra en la sala.

Padre: ¡Hola, Roble!. ¡Ven, túmbate un rato con Nube y conmigo!

Roble: No, papá. Son las 9, levantaos. ¿Qué habéis hecho para cenar?

Padre: ¡Roble! ¿Dónde está tu educación? ¿Por qué respetas las reglas y las convenciones sociales? Relaaaaaaaja, come kefir cuando tengas hambre, duerme cuando tengas sueño. Aprende de nosotros.

Roble: (Algo molesto) Eso no son valores papá, son contravalores. Además, sabes que odio que me llames así. Y Mamá se llama María de la Encarnación, deja de ponerle ese nombre tan ridículo.

Nube: (Risa aspirada y no muy coherente) ja, ja, ja.

Padre: Hijo… ¡pero si te llamas Roble

Roble: No Papá, ya no me llamo Roble. He celebrado mis 18 años yendo al Registro. Mira.

(Roble alarga su brazo para darle a su padre su nuevo DNI. Al padre le cuesta moverse en el puf, está muy hundido y Nube estorba)

Padre: (Voz desesperada, algo llorosa) ¿José Antonio? ¿te llamas José Antonio? Roble, hijo mío… ¿Qué has hecho?

José Antonio: Sí Papá, estaba harto de tener un ridículo nombre de árbol. En el colegio me he llevado más collejas que nadie por vuestra culpa. Ahora tengo un nombre normal, por favor respétalo, es el que yo he escogido. Y van a cambiar más cosas.

Nube: (Voz algo ida) ji, ji, ji. Uhhh qué mal karma.

Padre: Roble, no te puedo llamar José Antonio, así no se llama mi chaval. ¿Dónde está aquel niño que correteaba desnudo por la comuna en el pueblo abandonado de Extremadura? Metías los brazos hasta los codos en los botes de pintura para llenar las paredes de manitas de todos los colores… Abrazabas los árboles para sentir su energía… ¡Si hasta me ayudaste a colgarle los visillos a la furgoneta Volkswagen!

José Antonio: (Haciendo un gesto de "se acabó" con los brazos) ¡Basta ya, Papá! Ese es mi pasado y me avergüenza, por favor, no me lo recuerdes más. Ahora soy otra persona, con otras aspiraciones. Nadie debe saber nada nunca de todo aquello. Es incompatible con lo que quiero para mi futuro.

Padre: ¿Tu futuro? ¿Tu futuro? ¿Qué mejor futuro existe que el que nosotros queremos para ti? Trabajamos duro para poder darte una vida sin trabajo y sin responsabilidades. Podrás tener una casa con un terrenito en una aldea en Las Hurdes, frente al Pico Mingorro, con su huertito de verdura y hierbas. Tomates y lechugas por un tubo. Pasarás tardes enteras mirando los pepinos hasta que caiga la noche, en sintonía con la naturaleza, y te despertará el sol a la hora de comer todos los días. Y cuando por fin conozcas a un chico especial, podrás vivir con él en esa casa y compartir todas las estrellas del cielo.

(En ese momento, Nube se incorpora un poco, les mira a uno y a otro alternativamente, suspira, y se vuelve a desplomar sobre el puf)

José Antonio: ¡Por favor Papá! Ese no es mi sueño. Nunca me ha gustado el campo, sabes que no me gusta ensuciarme. Tampoco las drogas, porque me atontan. Los pueblos me aburren hasta la muerte. Me gusta comerme una hamburguesa en un McDonalds del Centro. Me gusta ir con los amigos en sus motos, metiendo bien de ruido por la calle. Y sobre todo… ¡Joder papá! ¡Que no soy gay! ¡Olvídate ya de la historia esa del chico especial! ¡Me gustan las tías buenas que salen en las revistas de moda, y si llevan transparencias, mejor!.

Padre: (Suelta un resoplido de indignación) Los jóvenes no sabéis lo que queréis. Los 18 son una edad idiota y estás confundido. A ver… ¿Qué es lo que quieres? ¿A que no tienes ni idea?.

José Antonio: El año que viene empezaré Derecho en Pamplona. Cuando acabe, haré una pasantía para poder ejercer como abogado, a ser posible de Civil, y mientras, estudiaré unas oposiciones. A Registrador o a Abogado del Estado, todavía no lo tengo claro. En primero de carrera conoceré a una chica mona y formal y me casaré con ella en cuanto apruebe las oposiciones. Los hijos que tengamos los atenderá por la mañana una chica colombiana, que son las más educadas y dulces. Y mañana mismo me voy a afiliar a las juventudes del partido. Y tú no me lo vas a impedir, porque soy mayor de edad.

Padre: ¿Ves? ¿Ves? ¿Abogado del Estado o Registrador? ¡No has pensado nada! La culpa es de las malas compañías esas de las charlas de los jueves en la Parroquia. ¡En mala hora te apuntaste! Yo no impongo nada, pero te pido por favor como amigo tuyo que soy, que lleves tu mal aura a tu habitación y os quedéis allí hasta mañana.

(José Antonio se va con los brazos estirados pegados al cuerpo, con los puños firmemente cerrados, y la mirada brillante. Cierra la puerta de su habitación de un portazo. Tras la puerta cerrada se oye un "¡Os odio!" sofocado por un cojín)

(El padre se queda tumbado en el puf, también muy alterado por la discusión. Da una calada al cigarrito y tose. Sigue dando algunas caladas y se va tranquilizando poco a poco. Al cabo de un minuto, su voz ya suena serena).

Padre: ¿En qué nos hemos equivocado, Nubecilla? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Cuándo fuimos demasiado flojos con él y dejamos que se echara a perder?

(El padre da otra calada al cigarrillo que ya está apurado, se quema muy ligeramente los labios, y deja la colilla en un cenicero, aguantando el humo en los pulmones.)

Padre: (mientras suelta el humo) En fin, Nube, Roble tiene todo el derecho del mundo a elegir su propio camino y a equivocarse. Ya volverá. Espero que para entonces no haya destrozado su vida. Una carrera en una Universidad privada tiene que costar una pasta. ¿Cuánto nos darán por la casita de las Hurdes?

Nube: ji, ji, ji… (suspirando) (pequeño ronquido)

March 25, 2009


Mi nueva vida

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 8:32 pm

Nuevamente, en clase hemos tenido ejercicio de ensayar la creatividad contra reloj. La profesora nos ha hecho imaginar una habitación con un ataúd en medio, y varias personas velando el cadáver. Los detalles, por supuesto, libres, así que cada cual se ha imaginado su propia situación. Luego nos ha pasado un papelito a cada uno, y hemos tenido que escribir un relato en 30 minutos que tuviera lugar en esa escena imaginada, y protagonizado por el personaje escrito en el papel. El mío es el de la foto: Una mujer a la que nadie conoce.

Aquí os pongo el mío. No me gusta demasiado. No le encuentro fallos muy evidentes, pero es que tampoco le encuentro guiños ni sorpresas. Tampoco le he dedicado mucho a tiempo a corregirlo, porque no sé si merece la pena. A ver si me decís lo contrario en los comentarios :o).

Cuando en septiembre entré en la Antigua Orden de los Druidas, todos en mi familia pensaron que estaba loca. "¿Por qué, Adela? Tienes una vida ejemplar, has criado a tus hijos, llevas bien la casa, tu marido es feliz contigo. Ahora las mañanas son enteras para ti, puedes pasear por el parque, hacer despacio los recados de la mañana o tomarte tu tiempo para disfrutar ahora que tus hijos no están en casa".

Y sin embargo, un mes después, aquí estoy. Ha sido un mes duro, he estudiado los escritos de los más antiguos miembros de la Orden y he aprendido el significado de los ritos que mis Hermanos han practicado durante siglos. Le he dedicado el mucho tiempo del que he dispuesto en mi casa vacía. Mi Mentor veía en mi grandes progresos, y yo nunca me había sentido tan cerca de nadie como de él y como de todos mis Hermanos, a los que ni siquiera conozco, pero a los que me unen fuertes lazos de Compromiso, Bien Común, Lealtad, y Destino Compartido.

Tanto he avanzado en el estudio de nuestras Escrituras, que mi presentación al resto de la Orden iba a adelantarse a este sábado. Ese día pronunciaría mis votos en el Bosque sagrado y sería ungida, y consagraría mi destino a la búsqueda de nuestro Bien y a la propagación de los mandatos de nuestra Orden.

Ese hubiera sido, sin duda, el día más feliz de mi vida. Pero no pude alcanzar esa dicha por un terrible suceso: la muerte de nuestro Primer Mentor de la Orden. Fue una casualidad desafortunada, pero una extraña convicción latía en mi pecho y yo confiaba en mi destino y en el Plan que nuestro Mentor había trazado para nosotros.

Y ahora aquí me hallo, rodeada de mis Hermanos, en la vieja capilla excavada en la roca arenisca de las montañas en la que nos reunimos. Todos mis Hermanos y Hermanas miran hacia el suelo, y tapan su dolor y ocultan sus miradas unos de otros con la gran capucha negra de nuestro hábito. Caminan descalzos sobre el húmedo suelo de la gruta, y encienden velas de incienso alrededor de nuestro Primer Mentor, que proyectan sombras que tiemblan en las paredes terrosas de la gruta. Los cánticos del ritual resuenan y hacen ecos, y parece que son cientos de voces graves las que despiden al Druida.

Nos hemos acercado en fila, cabizbajos, y uno por uno hemos dejado nuestra ofrenda ante el cuerpo, presentándole nuestros respetos. Cuando he depositado a sus pies mis violetas frescas, he escuchado su voz por primera vez en mi interior. Le he reconocido por la paz y la seguridad que transmite quien ya dejó este mundo.

Me ha dicho que estoy llamada a hacer grandes cosas en la Hermandad, que nadie como yo ha sentido su Espíritu. Pude escuchar el latido de su corazón inmortal, y su mano invisible se posó sobre mi cabeza descubierta transmitiéndome la Fe que guió su vida.

Al momento, yo sé cuál es mi papel. Doy un paso al frente, y tomo los símbolos de la ceremonia que tan bien conozco. Mis Hermanos me miran extrañados, se preguntan unos a otros quién soy, quién es esa novicia que ni siquiera ha recibido el Hábito. Mientras levanto el Pedernal, la Tierra se acomoda en sus profundidades. Es un lamento grave y arcano, una señal que nos envía nuestro mentor, y mis Hermanos asisten tranquilizados al Oficio para el que nuestro Líder me ha designado.

February 26, 2009


Conmigo estarás bien

En la categoría: Uncategorized - Ale @ 8:41 pm

Lo mismo, el relato anteriormente conocido como "Álvaro y la Matrioska" participa en el concurso de relatos cortos para leer en tres minutos "Luis del Val", así que lo oculto a vuestros ojos codiciosos.

Get free blog up and running in minutes with Blogsome
Theme designed by Janis Joseph